Peripecias de gauchos y canciones sobre las islas

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Pablo
Bontá,
como
programador
de
artes
escénicas
del
Centro
Cultural
Rojas
(Av.
Corrientes
2038),
reúne,
en
febrero
de
2025,
dos
obras
de
autores
y
temáticas
diferentes,
que,
sin
embargo,
tienen
más
puntos
en
común
de
lo
que
parece.
Se
trata
de
La
piel
del
poema
(2014)
escrita
y
dirigida
por
Ignacio
Bartolone
(viernes
a
las
21.30),
con
Marcos
Ferrante,
Karina
Elsztein,
Cristina
Lamothe,
Ariel
Pérez
De
María,
Luciano
Ricio,
y
de
Voces
de
Malvinas
(2023),
de
Lucía
Laragione,
con
dirección
de
Francisco
Civit
(sábados
a
las
21),
con
Rosario
Albornoz,
Natalia
Olabe
y
Marta
Pomponio.
Dos
equipos
escénicos
de
jóvenes
aunque
ya
consagradas
trayectorias
teatrales;
dos
obras
que
tocan
directa
o
indirectamente
aspectos
de
la
identidad
individual
y
argentina;
dos
estéticas
que
no
encajan
en
ningún
género
preexistente;
dos
textos
que
dejan
ver
retazos
de
otros
textos
releídos,
reinterpretados,
resignificados.
Civit
y
Bartolone
responden,
reunidos
por
Perfil,
esta
entrevista.

—¿Cómo
presentarían
los
rasgos
argumentales
esenciales
de
sus
obras?

IGNACIO
BARTOLONE:
En
La
piel
del
poema,
se
perpetúa
una
suerte
de
búsqueda
amorosa
constante.
Un
gaucho,
ahora
resurgido,
renacido,
secuestra
a
una
muchacha,
porque
no
logra
ver
quién
realmente
es,
sino
que
pone
sobre
ella
a
su
amor
perdido
en
los
tiempos
en
los
que
él
estaba
vivo.
Además,
hay
un
policía
poeta
que
escucha
una
audioguía
que
juega
con
El
ABC
de
la
poesía,
de
Ezra
Pound.
Los
personajes
se
corren
de
lo
que
podríamos
llamar
estereotipo,
aunque
nadie,
visto
muy
de
cerca,
responde
a
una
tipificación.

Esto
no
les
gusta
a
los
autoritarios

El
ejercicio
del
periodismo
profesional
y
crítico
es
un
pilar
fundamental
de
la
democracia.
Por
eso
molesta
a
quienes
creen
ser
los
dueños
de
la
verdad.

FRANCISCO
CIVIT:
Recorremos
los
casi
doscientos
años
que
nos
vinculan
con
las
islas
Malvinas.
Se
incluye
la
injusta
apropiación,
el
conflicto
bélico
y
el
oportunismo
de
la
Junta
Militar
al
generar
una
guerra
dolorosa
que
se
podría
haber
evitado,
pero
también
hay
otras
historias:
los
primeros
enclaves
pesqueros
y
sus
colonos,
la
toma
de
posesión
del
gobierno
de
Buenos
Aires
por
parte
de
Vernet,
reflejada
en
el
diario
que
escribió
su
esposa
María
Sáez
de
Vernet
mientras
vivía
en
las
islas
en
1829;
las
esclavas,
los
indios,
las
indias
y
los
gauchos
que
quedaron
en
las
islas
cuando
fueron
tomadas
por
estadounidenses
e
ingleses;
los
relatos
de
las
enfermeras,
de
los
soldados
en
el
82
y
sus
madres,
hijas,
hermanas,
y
del
soldado
inglés
Geoffrey
Cardozo,
quien
facilitó
el
reconocimiento
de
los
caídos.
Todas
estas
voces
arman
un
telar
de
imágenes
para
repensar
qué
significan
las
Malvinas
para
nosotros.

—¿Qué
géneros
se
entrelazan
en
cada
obra?

I.B:
Dentro
del
paisaje,
que
es
artificioso,
las
peripecias
se
van
tramando,
escenas
que
suceden
arriba
de
una
lancha
y
en
un
muelle.
Hay
un
entrecruce
amoroso
y
una
suerte
de
policial
roto
o
afectado.
Hay
enredos
amorosos,
propios
del
teatro
burgués
y
del
teatro
de
puertas.
También
está
la
lógica
del
melodrama:
diferentes
deseos
convergen
en
una
misma
situación.
La
obra
es
una
ensalada
fantástica.
Hay
cierto
non
sense
local
como
de
María
Elena
Walsh.
La
obra
también
dialoga
mucho
con
otra
obra
que
vi
y
me
pareció
extraordinaria:
Paraná
Porá
de
Maruja
Bustamante.

F.C.:
Voces
de
Malvinas
combina
el
revisionismo
histórico
desde
una
perspectiva
popular,
dándoles
voz
a
personajes
invisibilizados.
Al
mismo
tiempo,
es
un
homenaje
lleno
de
canciones,
que
invita
a
reflexionar.
No
queríamos
ser
solemnes
ni
caer
en
golpes
bajos,
dinámica
muy
común
cuando
se
habla
de
Malvinas.
Nuestro
objetivo
era
crear
una
pieza
fresca,
dinámica,
con
mucho
humor,
pero
que
honrara
a
los
caídos.
Nos
costó
un
montón.
Fuimos
meticulosos.
La
semana
anterior
al
estreno
logramos
encontrarle
la
forma.

—¿Cómo
se
sienten
pudiendo
hacer
funciones
en
el
Centro
Cultural
Rojas?

I.B.:
El
Rojas
para

fue
formativo.
Me
encanta
estar
en
el
Rojas
con
esta
obra,
con
este
tipo
de
espectáculo
que
cruza
algo
muy
popular
y
algo
de
claro
corte
experimental.
Esa
tradición
experimental
y
popular
se
cumple
con
creces
al
hacer
La
piel
del
poema
en
la
sala
Batato
Barea.

F.C.:
Hacer
funciones
en
el
Rojas
está
buenísimo
por
muchos
motivos.
Es
un
espacio
clave
en
la
cultura
de
la
Ciudad
de
Buenos
Aires,
dependiente
de
la
UBA,
que
viene
haciendo
un
gran
trabajo
desde
hace
décadas.
Estos
espacios,
al
igual
que
la
educación
pública,
están
atravesando
uno
de
los
momentos
de
mayor
ataque:
debemos
protegerlos
por
el
bien
de
todos.
Además,
tengo
una
conexión
afectiva
muy
fuerte
con
el
Rojas,
porque
a
cursé
ahí
uno
de
mis
primeros
talleres
de
actuación
y
tomé
clases
de
Puesta
en
Escena.
Es
un
lugar
que
visito
asiduamente:
siempre
fue
un
espacio
muy
deseado
para
mí.

Teatro
e
identidades

A.M.

—¿Qué
hacen
sus
propuestas,
en
relación
a
pensar,
problematizar
temas,
representaciones
de
identidades,
tradiciones
e
historia
argentinas?

—I.B.:
A
partir
de
lecturas
de
Ricardo
Zelarrayán
(La
piel
del
caballo,
Lata
peinada,
La
obsesión
del
espacio),
no
hay
un
ejercicio
de
mímesis,
más
allá
de
la
figura
del
gaucho,
sino
artefactos
que
terminan
torciendo
una
lengua
para
generar
algo
nuevo.
Luego
la
obra
fue
pie
de
lanza,
involuntariamente,
de
cuestiones
propias
de
los
dobleces
de
la
identidad:
un
gaucho
amanerado,
un
policía
poeta.
Y
para
la
época
en
que
fue
escrita,
la
obra
tenía
una
declaración
amorosa
por
fuera
de
la
norma.
Se
precipitó
después
una
suerte
de
una
vanguardia
respecto
de
las
identidades
y
de
la
imposibilidad
de
configurar
una
identidad
nacional,
una
cuestión
propia
de
un
país
que
sigue
siendo
joven,
inmaduro,
una
especie
de
masa
amorfa
que
se
va
configurando
a
medida
en
que
los
hechos
se
suceden.

—F.C.:
Soy
uno
de
los
fundadores
de
la
Compañía
Republiquetas,
y
desde
2016
venimos
trabajando
en
la
creación
de
obras
que
se
enfocan
en
la
divulgación
histórica.
Buscamos
hacer
un
puente
entre
la
academia
y
el
público,
llevando
datos
nuevos
sobre
próceres,
hechos
y
personas
desconocidos
en
la
construcción
de
este
país.
Las
obras
que
hacemos
con
la
Compañía
trabajan
la
historia
como
una
acumulación
de
pequeños
hechos
que,
con
el
tiempo,
crean
una
masa
crítica
y
dan
lugar
a
hitos
y
paradigmas.
Es
un
poco
como
el
trabajo
del
arqueólogo:
va
levantando
capas
de
tierra
acumuladas
con
el
paso
de
los
años.
Transmitimos
al
público
que
estamos
parados
sobre
millones
de
sedimentos
que
constituyen
nuestra
historia.