
Pocas veces un director llega a los Premios Platino en una posición tan singular como la de Kleber Mendonça Filho. Después de décadas construyendo una de las filmografías más prestigiosas del cine latinoamericano, el realizador brasileño aterrizó en la ceremonia en medio de un fenómeno inesperado. El Agente Secreto no sólo le había dado el premio a Mejor Director en Cannes, uno de los reconocimientos más importantes de su carrera, sino que además había superado los 2,5 millones de espectadores en Brasil y acumulado cerca de cien premios internacionales, incluyendo nominaciones al Oscar. Para un cineasta acostumbrado al reconocimiento crítico, el éxito masivo representó una sorpresa tan grande como los galardones. Durante su paso por los Platino, Mendonça Filho sostuvo: “La mayor sorpresa que me dio O Agente Secreto fue llegar a dos millones y medio de espectadores en Brasil. Para mí fue algo completamente inesperado. Bacurau había tenido 800 mil espectadores y yo pensaba que si esta película llegaba a 900 mil ya iba a estar muy bien. También fue muy fuerte ganar el premio a Mejor Director en Cannes. Para un ex crítico de cine que pasó tantos años trabajando en Cannes y viendo películas en la Sala Lumière, fue algo muy emocionante”.
La presencia de Mendonça Filho en los Platino también funcionó como una confirmación del gran momento que atraviesa el cine brasileño en el escenario internacional. Heredero de una tradición que combina ambición artística y mirada política, el director llegó a la cita iberoamericana convertido en uno de los nombres más celebrados del año, impulsado por una película que logró algo poco frecuente: combinar prestigio festivalero, repercusión crítica y éxito de público. Aunque para gran parte del público internacional su nombre terminó de instalarse con Aquarius en 2016 y se consolidó definitivamente con Bacurau en 2019, la trayectoria de Mendonça Filho comenzó mucho antes. En ese sentido, El Agente Secreto puede entenderse como la culminación de muchas de las preocupaciones que han atravesado toda su carrera. La película combina thriller, observación social, humor, tensión política y una mirada muy específica sobre Brasil. Lejos de buscar una versión exportable del país, Mendonça Filho parece haber apostado por profundizar precisamente aquello que vuelve única a la historia. El resultado fue paradójico: cuanto más brasileña se volvió la película, más universal terminó siendo su recepción.
—Wagner Moura ocupa un lugar central en la película. ¿Cómo surgió esa colaboración?
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—Escribí el guion pensando específicamente en Wagner Moura. Tenía la sospecha de que no solamente era un gran actor, sino también una gran persona, y estaba completamente en lo cierto. A veces trabajás con gente que no conocés del todo y simplemente intuís algo. Con Wagner tuvimos mucha suerte. Hoy es un gran colaborador, un gran amigo y un actor increíble.
—A lo largo de tu filmografía aparecen personajes atravesados por conflictos sociales, políticos y culturales. ¿Cómo cambió tu mirada sobre ellos con el paso de los años?
—Aprendí algo muy interesante desde Sonidos de barrio. En ese momento tenía mucho cuidado de no convertir a ciertos personajes desagradables en caricaturas o villanos simplificados. Pero la realidad brasileña empezó a transformarse de una manera tan extrema que los propios líderes políticos parecían caricaturas. En Bacurau pensé: “ok, vamos a exagerar”. Y aun así la realidad terminó siendo peor. En O Agente Secreto, personajes como Giroczy son completamente realistas: hombres llenos de prejuicios que creen que el nordeste brasileño es una región inferior. Eso existe de verdad.
—La película sigue sumando premios alrededor del mundo. ¿Cómo convivís con esa dimensión del éxito?
—Hoy la película tiene cerca de cien premios y probablemente sea una de las películas brasileñas más premiadas de la historia. Pero yo intento tener una relación saludable con los premios. Cada película tiene su propia personalidad. Retratos Fantasmas, por ejemplo, es una película mucho más pequeña, más ensayística, y no necesita tener el mismo recorrido que O Agente Secreto. Si entendés que cada obra tiene una personalidad distinta, podés convivir mejor con todo eso.
—Además de la película en sí, parecés disfrutar todo lo que ocurre alrededor de ella: festivales, encuentros y conversaciones.
—Estoy viviendo una experiencia muy positiva con el libro del guion de O Agente Secreto y me gustaría mucho escribir un libro sobre estos diez meses de recorrido de la película. Para mí el cine no es solamente la sala o los premios: también es la conversación con el público, los festivales, trabajar con distribuidoras, viajar y escuchar reacciones. Quiero mucho registrar todo eso.
—En un momento en que el streaming domina gran parte del consumo audiovisual, seguís defendiendo el estreno en salas.
—La primera vida de una película tiene que ser en las salas de cine. Para mí eso es fundamental. Después puede venir el streaming, la televisión o el home video, no tengo problema con eso, pero las salas son el lugar donde una película construye su carácter. O Agente Secreto es una película muy brasileña y muy auténtica. La escena de la pierna, por ejemplo, me encanta que sea controversial y rara. Creo que las mejores películas y libros tienen momentos completamente inesperados.
—Tus películas suelen exigir una participación activa del espectador y parecen alejarse de las lógicas de consumo más inmediatas.
—Nunca quiero pensar el cine desde técnicas para retener la atención de alguien. Mis películas tienen mucha información narrativa; si el espectador está atento, perfecto, y si no, también está bien. Hay gente que escribió en Twitter: “Finalmente terminé O Agente Secreto después de dos semanas”. Para mí no es un problema. Después de diez meses de recorrido en salas increíbles de todo el mundo, está perfecto que alguien vea la película a su ritmo.
—La relación entre cultura y política sigue siendo un tema sensible en Brasil. ¿Cómo observás ese debate hoy?
—Me gustaría mucho que la cultura no estuviera asociada a una ideología política. Apoyar la cultura no debería ser una cuestión partidaria, sino un compromiso de país. Cuando Bolsonaro asumió, una de las primeras cosas que hizo fue eliminar el Ministerio de Cultura. Cuando Lula volvió, lo primero que hizo fue restaurarlo. Pero la cultura no es un proyecto de Lula ni de ningún partido: es parte de la Constitución brasileña. Cuidar a las personas y cuidar la cultura debería ser algo básico para cualquier sociedad.



















