
Marcelo
Subiotto
tiene
una
prolífica
carrera
como
actor.
Pero,
desde
el
año
pasado,
su
cara
ha
empapelado
abundantes
espacios
físicos
y
digitales,
a
raíz
de
estar
en
los
afiches
del
éxito
cinematográfico
de
Puan
(de
María
Alché
y
Benjamín
Naishtat).
Allí,
junto
a
Leonardo
Sbaraglia,
se
plantea
una
disputa
académica
entre
dos
profesores
de
la
Facultad
de
Filosofía
y
Letras
de
la
UBA,
que
deja
al
descubierto
la
vida
cotidiana,
vista
con
mucho
humor,
de
la
prestigiosa
institución,
que,
en
la
ficción
y
en
la
realidad,
ha
sufrido
y
sufre
diversos
ataques.
El
film
ha
recibido
numerosos
reconocimientos,
entre
ellos,
estuvo
nominado
como
Mejor
Película
Iberoamericana
en
los
Premios
Goya,
y
se
llevó
el
de
Mejor
Protagonista
para
el
propio
Subiotto,
en
el
Festival
de
San
Sebastián
2023.
Asimismo,
actualmente
el
actor
sostiene
una
obra
de
teatro,
él
solo
en
el
escenario,
Los
pájaros.
Escrita
por
Juan
Ignacio
González,
quien
también
la
dirige
junto
a
Ignacio
Torres,
se
ve
los
domingos
a
las
20,
en
el
Teatro
del
Pueblo
(Lavalle
3636).
En
la
pieza,
el
personaje
de
Aldo
va
dando
cuenta
de
su
mundo
interior,
atravesado
por
sus
viajes
en
moto
y
la
observación
de
las
aves.
—¿Qué
te
interesó
de
este
proyecto
teatral?
—Los
pájaros
es
una
obra
muy
especial.
Lo
que
más
me
interesó
fue
el
mundo
de
Aldo,
alguien
que
me
parecía
cercano
a
un
roquero
de
los
setenta,
un
personaje
de
la
contracultura
en
tiempos
de
las
redes
sociales
y
las
trampas
del
algoritmo.
Tiene
una
inocencia
y
una
apertura
a
las
experiencias
del
mundo,
muy
atractivas.
Cuando
empezamos
a
ensayar
con
Juan,
la
experiencia
se
potenció
muchísimo.
—¿Qué
te
genera
sostener
el
escenario
solo?
—Estar
en
un
formato
unipersonal
de
teatro
extrema
las
condiciones
en
las
cuales
sucede
el
encuentro
dramático.
En
el
teatro,
hay
un
encuentro,
una
ceremonia,
un
presente
del
que
no
se
puede
escapar
ni
eludir.
Hay
algo
de
formato
antiguo
que
te
obliga
a
una
conexión
primaria,
donde
no
media
nada
entre
vos
y
el
espectáculo.
En
el
unipersonal,
al
estar
solo
frente
al
público,
eso
se
potencia.
Esperamos
generar
en
el
espectador
una
invitación;
no
es
una
propuesta
para
seducir.
Es
una
propuesta
para
el
encuentro;
no
se
trata
de
gustar,
sino
de
conectar
con
el
otro.
—“Puan”
es
una
película
que
habilita
inmediatamente
una
lectura
política.
Tomando
este
punto
de
partida,
¿qué
pensás
acerca
de
la
relación
entre
arte
y
política?
—Cuando
se
cuenta
una
historia,
el
lugar
donde
sucede
la
trama
hace
visibles
las
condiciones
en
las
que
los
personajes
viven,
se
vinculan,
se
relacionan
con
sus
problemas,
y
a
la
vez,
a
esos
personajes
uno
puede
reconocerlos
en
su
propio
cotidiano.
Entonces,
hay
una
instancia
de
lo
político
que
se
manifiesta.
Entiendo
que
el
99
%
de
las
historias
tienen
esos
ingredientes,
aunque
se
trate
de
La
guerra
de
las
galaxias
o
de
Los
Simpson.
Creo
que
lo
político,
muchas
veces
está
en
el
espectador,
en
su
capacidad
de
interpretar
lo
que
ve.
Es
verdad
que
muchas
veces
un
material
puede
ser
abordado
desde
su
creación
sin
ningún
tipo
de
intento
de
dar
una
mirada
política,
pero
eso
no
lo
deja
fuera
de
la
posibilidad
de
leerlo
en
esos
términos
desde
quien
es
espectador.
Puan
es
una
película
a
la
cual
la
coyuntura
política
le
subrayó
esa
instancia,
una
problemática
que
está
relacionada
con
la
educación
pública
y
que
la
hace,
digamos,
política,
en
el
sentido
de
que
quien
la
ve
saldrá
de
la
sala
con
preguntas
o
con
algún
tipo
de
posición
tomada
respecto
a
esa
situación
que
la
película
plantea.
Yo
encuentro
a
Puan
mucho
más
amplia,
pero
las
circunstancias
en
las
que
una
película,
una
canción,
un
poema,
una
escultura
son
recibidas
por
el
público
en
determinado
momento
histórico
les
dan
una
relectura
que
excede
a
sus
autores.
Eso
me
parece
maravilloso.
—¿Cómo
te
repercuten
los
premios
que
“Puan”
va
recibiendo
y
qué
lugar
ocupa
en
tu
trayectoria?
—Puan
es
hoy
parte
de
mi
presente,
está
sucediendo
aún,
con
lo
cual
me
es
un
poco
difícil
decir
qué
lugar
ocupa,
justamente
porque
aún
está
en
proceso.
Los
premios
y
nominaciones
que
la
película
está
recibiendo
me
dan
mucha
alegría,
porque
hay
un
reconocimiento
desde
diferentes
miradas,
diferentes
lugares
del
mundo,
que
hacen
sospechar
que
la
película
tocó
una
fibra
muy
particular,
como
suele
decirse,
algo
universal,
algo
profundamente
humano.
El
cine
es
una
potencia
colectiva
activa,
y
lo
que
al
público
le
pasa
lleva
esa
potencia
a
dimensiones
bellísimas.
—¿Cómo
es
tu
personaje
en
la
serie
“El
eternauta”?
¿Qué
podés
adelantar
al
respecto?
—Aún
no
puedo
decir
cuál
es
mi
personaje.
Sí
puedo
decir
que
fue
una
experiencia
hermosa,
dirigida
por
Bruno
Stagnaro,
director
increíble,
y
con
un
elenco
impecable.
Es
una
serie
sobre
un
cómic
icónico.
Espero
que
no
sea
devorada
por
esta
imposibilidad
que
tenemos
como
sociedad
de
estar
metidos
en
una
mirada
de
blanco
o
negro,
donde
las
formas
de
mirar
y
vincularnos
con
lo
nuestro
están
determinadas
por
el
color
de
la
lente
que
portamos.
—¿Y
qué
mirada
tenés
sobre
el
panorama
actual
del
teatro
independiente,
circuito
al
cual
perteneció,
por
ejemplo,
Puerta
Roja,
teatro
que
gestionaste?
—El
teatro
independiente
es
por
naturaleza
un
teatro
fuera
del
mercado,
rebelde
a
todo
tipo
de
intento
de
convertirlo
en
un
simple
producto
para
el
consumo.
Es
el
ADN
que
se
manifiesta
a
lo
largo
de
su
historia
y
se
ha
hecho
un
lugar
en
el
mundo.
Son
formas
de
búsqueda
en
lo
estético,
en
lo
narrativo,
que
no
sólo
escapan
de
la
norma,
sino
que
discuten
con
ella.
Las
políticas
culturales
tienen
que
estar
allí
donde
están
los
esfuerzos
por
multiplicar
miradas,
por
manifestar
las
voces
de
los
márgenes,
por
enfrentar
a
discursos
hegemónicos.
Una
sociedad
capaz
de
tener
frente
a
sí
muchas
manifestaciones
de
diversos
sectores
tiene
herramientas
para
una
real
capacidad
de
transformación.
Los
teatros
independientes
ocupan
y
materializan
todo
eso.
Tuve
la
oportunidad
de
ser
parte
de
Puerta
Roja.
Lo
abrimos
con
Adrián
Canale
en
2002
y
duró
un
poco
más
de
diez
años.
Funcionaba
donde
hoy
se
ha
refundado
el
Teatro
del
Pueblo.
El
motor
que
nos
movía
era
justamente
el
de
crear
un
espacio
donde
las
teatralidades
alternativas
eran
su
incentivo;
algunas
veces
estaba
lleno
y
otras
veces
éramos
cuatro,
pero
no
era
el
número
el
que
le
daba
entidad
a
esas
experiencias,
sino
lo
que
sucedía
en
esos
encuentros.
Las
instituciones
como
el
INT
son
fundamentales
para
que
todos
estos
espacios
sigan
generando
ese
movimiento
tan
vital,
por
el
cual
el
teatro
argentino
es
reconocido
y
admirado
en
muchos
lugares
de
Europa
y
América.
—¿Cómo
llegó
el
teatro
a
tu
vida
y
qué
momentos
profesionales
te
marcaron?
—El
teatro
llegó
a
mí
un
poco
de
casualidad.
Iba
a
un
club
de
la
colectividad
yugoslava,
y
un
día
apareció
un
taller
de
teatro.
Aunque
yo
estaba
más
inclinado
hacia
la
música,
todos
los
sábados,
asistía
a
ese
taller
de
teatro.
Al
cerrar
el
año
se
hizo
una
muestra.
Esa
experiencia
fue
muy
potente
para
mí.
Cuando
volvía
a
mi
casa,
me
parecía
que
flotaba
en
el
aire,
y
me
dije:
“Esto
es
lo
que
quiero
hacer
el
resto
de
mi
vida”.
Y
así
fue.
Desde
entonces,
muchos
momentos
me
marcaron
a
lo
largo
de
estos
años:
los
grupos
de
teatro
independiente,
los
viajes
por
las
provincias
que
generaban
sus
festivales,
las
experiencias
en
salas
como
la
Coronado
del
San
Martín.
Y
en
cine,
filmar
La
luz
incidente,
de
Ariel
Rotter,
y
Los
siete
locos,
de
Spiner
y
Pitterbag
fueron
muy
importantes
en
las
experiencias
del
audiovisual.
Y
siempre,
la
curiosidad
por
lo
que
viene,
lo
que
no
sé,
lo
que
siempre
va
delante
de
uno,
invitándote
a
dar
otro
paso.