Carlos Belloso: “El teatro necesita del actor, no puede haber un holograma”

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Para
muchos
el
nombre
del
actor
Carlos
Belloso
va
unido
a
sus
personajes
caracterizados
por
ciertos
límites
intelectuales,
como
aquel
Vasquito
en
Campeones
de
la
vida
(1999)
cuando
la
televisión
abierta
marcaba
un
rating
notable.
Más
cercano
en
el
tiempo
y
para
el
cine
encarnó
a
Atanasio
Media
en
La
odisea
de
los
giles,
de
Sebastián
Borensztein
(2019),
pero
también
fue
asesino
serial
en
División
Palermo,
para
Netflix
(2023).
Pocos
conocen
al
otro
Belloso,
al
dramaturgo,
director
e
intelectual
de
lecturas
que
van
desde
la
política,
la
filosofía
hasta
ser
uno
de
los
pocos
expertos
en
la
patafísica.

En
estos
meses
está
doblemente
comprometido
con
su
gran
pasión
que
es
el
teatro.
De
jueves
a
domingo
integra
el
elenco
de
Una
terapia
integral
en
el
Metropolitan
y
los
sábados
a
las
21
dirige
Operarius,
de
Julieta
Grinspan,
en
Hasta
Trilce
(Maza
177).
El
elenco
de
este
espectáculo
independiente
lo
integran
la
propia
autora,
Grinspan,
junto
a
Esteban
Parola
y
Julia
Nardozza. 

—¿Por
qué
dirigís
“Operarius”?

Esto
no
les
gusta
a
los
autoritarios

El
ejercicio
del
periodismo
profesional
y
crítico
es
un
pilar
fundamental
de
la
democracia.
Por
eso
molesta
a
quienes
creen
ser
los
dueños
de
la
verdad.

—Conozco
hace
muchos
años
a
Esteban
Parola,
ya
que
trabaja
en
Todos
en
Yunta,
teatro
inclusivo
y
es
muy
conmovedor.
Fue
él
quien
me
alcanzó
el
texto
de
Julieta
(Grinspan)
y
me
preguntó
si
la
dirigiría.
Leí
el
material
y
le
vi
muchas
posibilidades.
Me
hizo
acordar
un
poco
a
otro
tipo
de
teatro,
que
no
se
hace
últimamente,
más
poético
y
al
mismo
tiempo
rememorando
a
Griselda
Gambaro
o
a
Fernando
Arrabal.
Es
muy
simbólico,
pero
al
mismo
tiempo
puede
llegar
a
ser
realista,
en
términos
absurdos
y
crueles.

—¿Te
interesó
este
mundo? 

—Me
remitió
a
cuando
trabajaba
en
una
fábrica
química.
Me
pareció
un
mundo
interesante
donde
aquí
aparece
una
inmobiliaria,
un
albañil
que
debe
construir
este
pozo
gigantesco
sumado
a
la
presencia
de
la
escribana.
Se
arma
como
una
lucha
de
clases,
el
empresario
con
su
corporación,
el
obrero
y
la
clase
media,
tratando
de
rescatar
las
pocas
migajas
que
caen.
Decidimos
que
el
obrero
fuera
una
actriz,
fuimos
jugando
y
los
actores
me
ayudaron
mucho.
Habla
sobre
otras
problemáticas,
muy
actuales.
Más
allá
de
las
paritarias
y
o
los
arreglos
sindicales,
el
trabajo
de
los
obreros
se
acerca
mucho
a
la
esclavitud.

—¿Tus
trabajos
siempre
están
traspasados
por
el
humor?

—Me
parece
que
todo
lo
reflexivo
en
teatro
necesita
de
la
risa,
la
veo
como
una
sacudida.
Al
mismo
tiempo
esa
ocurrencia
viene
con
un
texto,
con
una
frase
que
después
cuando
uno
se
va
de
la
sala
la
repite.
Creo
que
completa
un
poco
más
que
la
emoción.
Me
pasa
que
cuando
paso
frente
a
un
espejo
hago
caras.
O
sea
que
mi
intención
siempre
es
ver
siendo
otro.

—¿Tu
familia
cómo
tomó
el
que
quisieras
ser
actor?

—Mi
padre
tenía
una
úlcera
permanente,
era
muy
duro,
carnicero
y
lo
que
me
unía
mucho
era
hablar
sobre
el
actor
norteamericano
Lon
Chaney,
de
la
década
del
veinte
y
treinta,
que
lo
había
visto
desde
chico
y
se
había
impresionado
con
sus
actuaciones.
Creo
que
fue
el
mejor
actor
del
cine
mudo.
También
admiraba
y
seguía
a
Narciso
Ibáñez
Menta
y
a
José
Marrone.
Después
mi
madre
que
era
enfermera
me
entusiasmaba
mucho
porque
era
más
divertida
y
contaba
chistes.
Mi
padre
que
me
trató
siempre
de
usted
cuando
le
conté
que
iba
a
ser
actor
me
dijo:
“va
a
pasar
mucho
hambre
actuando”.
Pero
cuando
me
vio
en
el
teatro,
comprendió
y
marcó:
“es
un
mandato,
divierta
y
entretenga
a
la
gente”. 

—¿Por
qué
estudiaste
en
la
Escuela
Metropolitana
de
Arte
Dramático?

—Primero
porque
me
rechazaron
en
el
Conservatorio
Nacional,
me
dijeron:
“no
sirve
como
actor”.
Fue
en
1984
y
fui
a
la
EMAD,
que
quedaba
en
la
calle
Perú.
De
ahí
egresé
y
nos
conocimos
con
Damián
Dreizik
y
así
nació
el
dúo
Los
Melli.
A
dos
cuadras
de
la
EMAD
estaba
el
Parakultural
y
empezamos
a
actuar.
Tuve
grandes
profesores,
pero
además
siempre
se
hablaba
de
teatro,
permanentemente.
El
grupo
nació
para
juntar
fondos
para
una
obra,
que
estábamos
haciendo
para
el
Primer
Festival
de
Teatro
Malo,
una
idea
genial
de
Vivi
Tellas. 

—¿Cómo
pasaste
de
esos
sótanos
a
actuar
en
“La
tempestad”
junto
a
Alfredo
Alcón,
con
dirección
del
español
Lluís
Pasqual?

—Estaba
muy
sólido
teatralmente
cuando
me
llaman
para
las
pruebas
de
La
Tempestad.
Fui
diciendo:
“me
quieren
para
este
teatro
solemne
que
se
da
en
este
lugar
burocrático”.
Quería
hacer
Calibán,
pero
tuve
que
convencerlo
a
Pasqual.
Actué
con
Alfredo
Alcón,
que
me
demostró
ser
un
compañero
impecable,
genial.
Nos
íbamos
al
bar
del
San
Martín
dos
horas
antes
para
merendar
y
me
contaba
anécdotas.

—Trabajaste
en
varios
programas
de
Pol-ka…

—Tenía
un
dúo
al
que
le
iba
bien
y
ya
había
hecho
mi
unipersonal
con
un
público
cautivo.
Me
llamaron
de
Pol-ka,
sus
programas
eran
un
experimento:
un
hilo
de
gente
de
teatro
con
la
de
la
televisión
tradicional.
Lo
primero
que
hice
fue
Marta
en
R.R.D.T.
y
propuse
que
el
personaje
fuera
bizco
y
ronco.
Después
vino
El
Vasquito.
Hay
un
sistema
dentro
de
la
televisión
que
respeté
muchísimo.
Me
ofrecían
personajes,
como
cuando
Suar
me
propuso
Donatello
en
Culpables,
fui
un
hipoacúsico.
Después
vino
Tumberos.
Quise
demostrar
que
podía
caracterizarme,
por
eso
me
llamaron
para
hacer
de
Sarmiento
en
Historias
clínicas.
Sufría
de
hidropesía
y
tenía
problemas
de
corazón.
Tenía
la
imposibilidad
de
escuchar,
porque
tenía
muy
claro
su
proyecto
de
país
en
la
cabeza,
entonces
escuchaba
poco
y
eso
se
tradujo
también
en
su
sordera.

—¿Y
la
docencia?

—Me
cuesta
dar
clases.
Solamente
dicto
un
pequeño
seminario,
para
el
que
me
inventé
un
programa,
desde
el
primer
actor
hasta
el
último,
sobre
los
discursos
hegemónicos
teatrales.
El
teatro
necesita
del
actor,
no
puede
haber
un
holograma,
debe
estar
la
carne
y
el
hueso
sobre
el
escenario. 

—Hiciste
varios
unipersonales,
escritos
y
actuados,
pero
no
dirigidos…

—Los
unipersonales
los
necesito
como
agua
para
ver
cómo
estoy
física
e
intelectualmente.
También
el
entretenimiento
de
elegir
una
obra
por
encargo
y
buscar
hacerla
lo
mejor
posible
para
un
productor
y
para
un
director
que
necesitan
estrenar
en
la
avenida
Corrientes.
Creo
que
todo
actor
debe
tener
su
unipersonal.
Es
un
conocimiento,
un
autoexamen
permanente.
Al
principio,
para
Dr.
Peuser
me
dirigió
Enrique
Federman.
Ahora
en
el
último
El
aparato
lo
convoqué
a
Hernán
Curly
Jiménez.
Lo
estrené
el
año
pasado
y
volveré
en
septiembre
al
Chacarerean
Teatre.
Muestro
un
aparato
represivo
del
Estado,
vendepatria,
con
una
impronta
de
un
capitalismo
ultrasalvaje
e
individualista
y
egoísta.
Lo
escribí
mucho
antes
de
las
elecciones,
lo
anticipé,
tengo
media
antena,
aunque
tan
oscuro
no
lo
imaginaba.
La
dirección
de
Jiménez,
quien
es
un
comediante
perfecto,
le
dio
más
humor
y
menos
oscuridad,
que
estaba
en
el
fondo.
Lo
empecé
a
escribir
hace
dos
años
atrás
y
la
estrenamos
en
el
2023.
Tiene
que
ver
con
la
estructura
de
la
novela
1984
de
George
Orwell
y
sumé
el
concepto
de
totalitarismo
invertido
del
filósofo
político
Sheldon
Wolin.

—¿Es
un
unipersonal
crítico?

—Es
totalmente
político,
tenía
que
ver
con
las
PASO,
después
con
las
elecciones
generales
y
el
balotaje.
Obviamente
que
es
tendencioso,
va
por
una
línea
que
es
la
que
quiero,
ni
más
ni
menos,
es
una
crítica
al
capitalismo,
a
un
sistema
que
nos
está
matando
y
diezmando.
Con
respecto
al
calentamiento
global,
están
yendo
contra
nuestra
forma
de
relacionarnos,
geopolíticamente
también.
Es
tramposo
y
mentiroso
porque
cuando
uno
baja
a
los
dispositivos
digitales
aparecen
fotos
donde
todo
es
felicidad,
pero
también
tiene
en
su
interior
un
sistema
burocrático
de
infelicidad
y
depresión.