
Ahora
se
lo
conoce
como
Lucas,
por
su
papel
en
El
Eternauta,
que
se
puede
ver
por
Netflix,
pero
antes
fue
el
profesor
Marcelo
Pena
en
la
película
Puan.
Los
espectadores
de
teatro
lo
vieron
en
los
escenarios
desde
la
década
del
noventa
junto
a
directores
como
Daniel
Veronese
o
Mariano
Pensotti.
Además
de
seguirlo
desde
la
plataforma
se
puede
asistir
a
su
unipersonal
los
lunes
a
las
20,
en
el
Teatro
del
Pueblo
interpretando
Los
pájaros
de
Ignacio
Torres
y
Juan
Ignacio
González,
con
dirección
de
este
último.
—¿Qué
características
tiene
tu
personaje?
—Lucas
es
bastante
particular.
Es
el
único
que
no
tiene
el
problema
de
tener
que
ir
a
buscar
a
alguien.
No
tiene
familia,
ni
esos
compromisos.
Es
hasta
un
poco
infantil,
casi
que
parece
el
hijo
de
Alfredo
(Carlos
Troncoso)
y
de
Ana
(Andrea
Pietra).
Es
el
que
acompaña,
no
tiene
voluntad
de
liderar,
ni
tiene
ideas,
sólo
trata
de
aguantar
la
situación.
Es
un
personaje
que
a
lo
largo
de
los
seis
capítulos
tiene
un
arco
que
es
súper
interesante
y
que
tiene
que
ver
con
el
Lucas
que
se
verá
en
el
último
capítulo.
Esto
no
les
gusta
a
los
autoritarios
El
ejercicio
del
periodismo
profesional
y
crítico
es
un
pilar
fundamental
de
la
democracia.
Por
eso
molesta
a
quienes
creen
ser
los
dueños
de
la
verdad.
—¿Habías
leído
la
historieta?
—Tenía
la
relación
que
toda
persona
vinculada
un
poco
con
el
cine
tiene
con
ese
material.
Lo
había
leído
de
adolescente,
pero
no
tengo
un
vínculo
con
el
universo
de
la
historieta,
salvo
cuando
era
muy
chico.
En
cuanto
me
convocaron
me
volqué
con
más
atención
después
de
muchos
años
a
releerla
y
la
verdad
fue
una
buena
piña.
La
historia
de
vida
de
su
creador,
Héctor
Germán
Oesterheld,
me
hizo
tomar
más
conciencia,
además
me
sorprendió
descubrir
la
cabeza
que
él
tenía
hace
cincuenta
años
atrás.
Esa
forma
de
abordar
el
género
de
ciencia
ficción,
que
imagino
está
un
poquito
emparentada
con
lo
que
se
escribía
en
los
Estados
Unidos,
aunque
no
sé
cuáles
fueron
sus
influencias,
pero
todo
lo
desarrolló
en
Buenos
Aires,
que
indudablemente
conocía
muy
bien.
—¿Y
lo
político?
—Él
es
uno
de
los
desaparecidos
como
tantos
que
tenemos
y
también
sus
cuatro
hijas,
dos
embarazadas.
El
Eternauta
fue
una
forma
de
manifestar
sus
convicciones
políticas
en
los
diferentes
momentos
en
que
él
escribe.
En
la
primera
hay
una
mirada
sobre
cómo
enfrentar
a
esa
invasión
y
en
las
posteriores
(fines
de
los
años
sesenta
y
los
setenta)
ya
hay
otro
abordaje
con
respecto
a
esa
invasión.
Vivió
en
el
contexto
de
la
posguerra,
tiempos
de
la
Guerra
Fría.
La
gente
que
está
siendo
invadida
por
un
imperio,
si
se
quiere
da
muchas
lecturas
políticas
de
esa
época.
—¿Cómo
fue
filmar
para
Netflix?
—Estuve
en
División
Palermo
cuando
ya
estaba
en
Netflix.
Las
producciones
siempre
tienen
un
carreteo
como
también
lo
tuvo
El
Eternauta
de
muchos
años
hasta
que
se
encuentran
las
condiciones
para
poder
hacerlas.
Había
tenido
otras
experiencias
filmando
series
para
otras
plataformas,
pero
esta
fue
muy
particular
porque
trabajamos
con
la
ciencia
ficción,
con
todos
los
requerimientos
técnicos
que
ese
género
pide
para
lo
audiovisual.
Para
nosotros
todo
fue
nuevo,
la
verdad
es
que
desconocía
el
tema
de
actuar
frente
al
croma,
esa
pantalla
en
los
estudios.
Es
increíble,
porque
hay
que
poner
esa
disposición
para
ese
dispositivo
y
no
perder
la
línea
de
ficción
ya
que
uno
tiene
que
actuar
en
el
momento
que
le
toca.
—¿Cómo
es
hacer
ficción
en
dos
ámbitos
tan
opuestos
como
el
teatro
y
el
audiovisual?
—Al
mundo
audiovisual
entré
ya
grande
como
muchos
actores
de
mi
generación,
que
venimos
del
teatro
independiente.
Lo
fui
aprendiendo
haciéndolo.
Son
dos
ámbitos
muy
diferentes
para
el
actor.
El
escenario
es
una
situación
mucho
más
deportiva
para
el
cuerpo
del
intérprete,
tiene
que
estar
ahí
solito
en
un
presente
que
es
absolutamente
trágico.
Diría
es
esa
función,
luego
morirá
y
habrá
que
ir
a
buscar
la
próxima
sabiendo
que
también
morirá
y
así
siempre.
Lo
audiovisual
tiene
otra
impronta
que
es
lo
eterno.
Quedará
ahí
y
uno
es
consciente
cuando
está
filmando.
Pero
además
las
técnicas
para
abordar
los
dos
ámbitos
son
muy
distintas.
La
forma
que
se
trabaja
la
voz
en
el
teatro
no
es
la
misma
para
el
cine
o
una
serie,
tampoco
el
cuerpo.
—Gracias
al
teatro
viajaste
mucho,
primero
con
espectáculos
de
Daniel
Veronese
y
ahora
con
Mariano
Pensotti.
¿Te
reconocen?
—Hice
muchas
giras,
hace
poco
fuimos
con
La
gran
ilusión,
una
producción
del
Teatro
San
Martín
a
Madrid.
Poder
viajar
es
maravilloso.
Últimamente
sí
me
ha
pasado,
sobre
todo
en
España,
anteriormente
por
haber
estado
con
una
obra
de
Veronese
y
ahora
por
División
Palermo
que
se
vio
allí,
también
por
algunas
proyecciones
que
se
hicieron
de
Puan.
Ahora
estuve
filmando
en
el
Uruguay,
por
ejemplo
y
me
pasó
bastante,
hay
gente
que
se
me
acerca
porque
vio
alguna
ficción.
No
me
considero
un
actor
popular.
En
ese
sentido
voy
por
la
calle
y
no
me
reconocen.
A
mí
el
medio
no
me
modifica
mucho.
He
tenido
situaciones
donde
veo
que
la
gente
es
muy
respetuosa.
Una
vez
iba
en
el
subte,
leyendo
y
después
de
un
tiempo
pasó
una
persona
me
dijo:
“Disculpame,
no
te
quería
molestar,
pero
te
quiero
felicitar
por
Puan”.
Y
las
dos
personas
que
tenía
al
lado
me
dijeron:
“Nosotros
tampoco
te
queremos
molestar…”Se
ve
que
hay
como
un
respeto
y
no
querían
abordar
al
actor,
eso
es
muy
lindo
también.
—¿Fue
la
película
“Puan”
la
que
te
abrió
más
puertas?
—En
el
cine
hay
una
primera
película
que
me
abrió
mucho
las
puertas
y
fue
La
luz
incidente
de
Ariel
Rotter
con
Erika
Rivas,
en
el
2015.
Pero
obviamente
Puan
superó
las
expectativas
de
todos
los
que
estuvimos
dentro.
A
mí
me
dio
una
visibilidad
y
un
lugar
cuando
apenas
estaba
como
asomando.
En
ese
aspecto,
digamos,
es
una
espuma
que
sube
y
que
baja.
—¿Creés
que
hoy
en
día
el
cine
va
a
necesitar
de
las
plataformas
para
sobrevivir?
—Hay
un
debate
complejo
que
tiene
que
ver
con
la
contemporaneidad
y
también
con
la
tecnología,
que
va
cambiando
nuestras
costumbres.
Creo
que
el
cine
como
experiencia
no
queda
fuera
de
eso.
Esto
que
empieza
con
el
delivery,
sigue
con
el
auto
que
lo
pedís
desde
tu
casa,
luego
la
plataforma
que
tiene
la
película
que
querés
ver…algo
que
está
cambiando
muchísimo.
Soy
un
actor,
creo
en
el
ritual
y
lo
necesito,
desde
lo
teatral
hasta
ir
a
un
cine.
Ver
ficciones
cuando
se
apaga
la
luz
y
rodeado
de
un
montón
de
gente,
no
te
puede
intervenir
tu
teléfono,
ni
nada.
Estás
yendo
a
una
actividad,
la
tenés
que
ir
a
buscar,
no
es
que
te
la
traen.
Es
como
si
el
mundo
contemporáneo
nos
estuviera
tendiendo
esa
trampa.
Quédate
tranquilo,
sentado
y
te
vamos
a
dar
todo.
Pero
fíjate
que
eso
es
lo
que
plantea
El
Eternauta,
te
salva
lo
más
antiguo,
como
el
coche
y
la
comunidad,
estar
con
el
otro.
La
forma
de
resistir
es
encontrar
un
colectivo
humano
que
tire
para
adelante.
Todos
los
que
eligen
el
camino
solitario
en
la
serie
no
terminan
bien.
Se
salvan
los
que
aprenden
a
moverse
en
grupo
y
tomar
decisiones
consensuadas.
—¿Qué
te
impactó
más
de
“El
Eternauta”?
—Cuando
empezamos
a
filmar
no
estábamos
muy
lejos
de
la
experiencia
de
la
pandemia.
No
podíamos
dejar
de
hacer
una
analogía,
un
momento
en
que
el
mundo
se
cerró
porque
estábamos
frente
a
un
virus.
En
la
serie
nos
quedarnos
encerrados
y
con
lo
mínimo,
en
un
mundo
en
el
cual
la
invitación
es
a
lo
máximo.
Hay
algo
de
El
Eternauta
que
nos
vuelve
a
lo
esencial.
También
me
gusta
mucho
la
argentinidad
que
se
ve
a
flor
de
piel,
sin
que
esté
forzada,
eso
es
un
acierto
de
Bruno
(Stagnaro).
El
jugar
al
truco,
escuchar
discos
de
vinilo,
creo
que
esas
necesidades
de
rituales,
nos
acercan
un
poquito
al
otro
desde
diferentes
actividades
culturales.




















