
Bodas
de
sangre
de
Federico
García
Lorca,
es,
sin
duda,
una
de
las
obras
literarias
más
importantes
de
la
lengua
española
de
todos
los
tiempos,
además
de
una
de
las
piezas
teatrales
más
representadas
en
España
y
América.
Y
La
culpa
es
de
la
tierra
es
una
versión
muy
nuestra
del
clásico.
Después
de
la
maravillosa
experiencia
escénica
de
haber
puesto
en
escena
la
obra
Salvajada
de
Mauricio
Kartun
en
el
Teatro
Nacional
Cervantes,
luego
en
el
Metropolitan,
convocando
a
miles
de
espectadores
y
con
un
futuro
aún
posible,
resultaba
difícil
la
elección
de
un
nuevo
proyecto
que
reuniera
excelencia
narrativa
y
literaria
con
potencia
teatral
y
escénica.
Y
que,
como
sucedió
con
la
versión
kartuneana
del
cuento
de
Quiroga,
resuene
con
una
metáfora
actual
y
comunicativa
abordando
cuestiones
cotidianas
y,
a
la
vez,
trascendentes.
La
resultante
fue
volver
a
García
Lorca
y
a
Bodas…
Esto
no
les
gusta
a
los
autoritarios
El
ejercicio
del
periodismo
profesional
y
crítico
es
un
pilar
fundamental
de
la
democracia.
Por
eso
molesta
a
quienes
creen
ser
los
dueños
de
la
verdad.
Todo
el
que
ha
visto
Salvajada,
ha
podido
observar,
además
de
la
puesta
en
escena
que
me
toca,
y
de
todas
actuaciones
formidables,
premiadas
y
alabadas
hasta
el
hartazgo,
un
trabajo
en
especial
que
iluminaba
la
escena
de
comienzo
a
fin.
Mónica
Felippa,
con
su
Anaconda
narradora,
mitad
mendiga,
mitad
serpiente,
hacía
gala
de
un
trabajo
tradicional
del
grupo
Libertablas
usando
la
potencia
comunicativa
de
los
títeres-muñecos-objetos,
para
engarzar
la
perfección
del
trabajo
actoral.
Y
fue
partiendo
de
ese
trabajo
extraordinario,
y
buscando
nuevos
rumbos,
cuando
reapareció
el
recuerdo
de
una
versión
del
clásico
lorquiano
realizada
por
el
grupo
hace
ya
muchos
años,
y
de
una
partitura
musical
compuesta
para
aquella
ocasión
por
Naya
Ledesma
bajo
la
dirección
de
Gustavo
Manzanal.
La
belleza
abrumadora
de
esa
música,
la
maravilla
del
verso
en
la
voz
de
la
mendiga
y
su
potencia
expresiva,
corporal,
titiritera
y
vocal,
nos
guiaron
hacia
La
culpa
es
de
la
tierra.
Venimos
aquí
a
contar
con
el
fuego
misterioso
de
la
poesía
una
historia
de
pasión
extrema,
mandatos
sociales,
vida
y
muerte,
en
el
que
no
hay
culpables,
porque
la
culpa
es
de
la
tierra.
Haciendo
uso
de
la
belleza
estética
de
las
artes
plásticas
y
musicales
que
rodean
a
una
puesta
en
escena
teatral,
nos
apoyamos
en
la
expresividad
actoral
que
potencie
las
situaciones
planteadas
y
nos
transporte
a
ese
mundo
de
personas
en
contacto
con
las
fuerzas
más
básicas
de
los
seres
humanos,
envueltos
en
una
naturaleza
omnipresente
tanto
en
la
tierra
como
en
el
cielo.
Libertablas
es
una
cooperativa
teatral
que
lleva
ya
48
años
de
funcionamiento,
y
que
ha
abordado
en
numerosas
ocasiones
textos
clásicos:
varios
Shakespeares,
Cervantes,
Quirogas
y
recientemente
Calderón
de
la
Barca
y
Aleluya
erótica,
del
mismo
Lorca.
Años
de
investigación
en
el
lenguaje
teatral,
los
más
importantes
premios
(ACE,
Javier
Villafañe,
Maria
Guerrero
y
muchos
otros)
podrían
ser
suficientes
llamados
para
que
“La
culpa
es
de
la
tierra”
atraiga
a
los
espectadores.
Pero
no
es
así.
Cada
espectáculo
teatral
es
un
mundo
cerrado.
Comienza,
termina
y
posee
su
propia
convocatoria
y
una
individualidad,
sólo
comparable
a
la
de
las
personas.
La
culpa…
se
propone
respirar
profundo
y
dejar
volar
la
belleza
poética
en
el
ritmo
de
unas
palabras
que
se
resuelven
y
funden
en
notas
musicales
y
transparentan
imágenes,
sensaciones
inabarcables,
decisiones
personales
que
no
tienen
regreso
y
conflictos
humanos
imposibles
de
evadir.
La
sala
Tuñón
del
Centro
de
la
Cooperación
abre
sus
puertas
generosas
a
un
grupo
legendario
del
teatro
nacional,
para
recrear
cada
sábado
a
las
20,
un
clásico
inmortal,
continuidad
de
una
experiencia
inolvidable,
envueltos
en
fantasía,
furia
y
amor.
Bajo
la
luz
de
la
luna,
y
sobre
el
horizonte
de
una
estepa
infinita.
*Codirector
y
autor
de
La
culpa
es
de
la
tierra.




















