“Nos vamos a identificar todos”

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Este
año
se
conocerá
a
Adrián
Suar
como
director
teatral.
Eligió
para
este
estreno
en
el
ámbito
comercial
un
texto
de
una
autora
y
actriz
rosarina,
Ariadna
Asturzzi
y
convocó
a
tres
intérpretes
muy
conocidas
por
él
no
tan
sólo
como
actor
sino
también
como
productor.
Ellas
son:
Julieta
Díaz,
Soledad
Villamil
y
Pilar
Gamboa.
Irán
de
jueves
a
domingo
en
el
Teatro
Maipo
para
contar
esta
historia
de
tres
hermanas
bien
distintas
a
las
de
Chéjov.

—Se
nota
la
escritura
femenina
de
Ariadna
Asturzzi,
quien
además
es
actriz
(se
la
vio
en
el
escenario
en
“Inmaduros”)…

JULIETA
DÍAZ:
Es
una
mirada
femenina.
Creo
que
el
que
sea
actriz
la
debe
haber
ayudado
a
comprender
algunos
rasgos
de
los
personajes
y
de
poder
entenderlos.
Son
tres
hermanas
y
suma
el
vínculo
con
su
madre,
o
sea,
son
cuatro
mujeres.

Esto
no
les
gusta
a
los
autoritarios

El
ejercicio
del
periodismo
profesional
y
crítico
es
un
pilar
fundamental
de
la
democracia.
Por
eso
molesta
a
quienes
creen
ser
los
dueños
de
la
verdad.

SOLEDAD
VILLAMIL:
La
mirada
femenina
está
en
muchos
aspectos,
como
por
ejemplo
en
la
vivencia,
la
sensibilidad
y
también
en
la
complejidad
del
vínculo
madre
e
hijas.
Hay
una
propuesta
que
tiene
que
ver
con
que
Ariadna
es
actriz,
piensa
y
escribe
en
esos
términos.
Esa
conversación
entre
hermanas,
que
por
momentos
se
superponen,
que
cambian
de
tema
sin
avisar,
eso
es
algo
muy
femenino.

PILAR
GAMBOA:
Es
un
tema
bastante
universal,
pero
hay
algo
de
lo
femenino
que
se
nota
en
la
escritura.
Siento
que
la
historia
va
a
conmover
tanto
a
hombres
como
a
mujeres,
porque
muestra
cuándo
los
padres
empiezan
a
ponerse
grandes
y
esto
nos
pasa
más
allá
del
género
que
habitamos.

—¿Cómo
vivieron
el
debut
teatral
de
Suar
como
director?

J.D:
Muy
bien,
creo
que
era
lo
único
que
me
faltaba
hacer
con
Adrián.
Trabajé
muchos
años
con
él
como
productor,
después
empezamos
a
ser
compañeros
de
elenco
en
dos
películas,
en
una
serie
y
en
una
obra
de
teatro.
Son
veintisiete
años
de
compartir
la
profesión,
casi
treinta.
Adrián
sabe
escuchar
y
es
muy
actor,
por
eso
es
cuidadoso.
Siempre
es
una
alegría
trabajar
con
él,
porque
además
es
cariñoso.
Trabajó
con
las
tres
y
eso
hizo
que
tuviéramos
confianza.
Yo
había
actuado
junto
a
Soledad
(Villamil)
en
Locas
de
amor,
pero
con
Pilar
(Gamboa)
nunca
se
nos
había
dado.

S.V:
Cuando
me
llamó
para
proponerme
este
proyecto
me
pareció
muy
interesante
la
combinación.
La
obra
toca
de
una
manera
sensible
y
profunda,
sin
ser
solemne
una
temática
de
peso.
La
relación
entre
hermanas
y
a
la
vez
con
su
madre,
que
está
envejeciendo.
Todos
temas
muy
interesantes
y
complejos,
pero
a
su
vez
con
una
cuota
de
humor
importante
que
creo
que
él
como
director
le
está
sabiendo
explorar.
Me
parece
que
es
el
contrapeso
perfecto.
Tiene
un
termómetro
muy
preciso
en
relación
al
equilibrio
entre
que
sea
algo
muy
verosímil
con
momentos
de
humor,
casi
te
diría
disparatado.
Esto
lo
tiene
el
texto,
pero
él
está
muy
atento
y
es
preciso
para
darle
forma.

P.G:
Hice
la
primera
película
de
Suar
como
director
de
cine
(30
noches
con
mi
ex)
y
ahora
su
primera
obra
de
teatro.
Para

trabajar
con
él
es
muy
ameno,
llevadero,
porque
al
ser
actor
conoce
mucho
los
tiempos
y
procesos
de
los
intérpretes,
pudiendo
leer
y
entender
en
qué
momento
estás.
Sabe
cuándo
debe
entrar
el
humor,
que
es
un
poco
su
hábitat
natural.
Sobre
todo
es
una
persona
muy
empática
y
luminosa
para
trabajar.
Éste
será
mi
debut
en
el
teatro
comercial.

—El
tema
de
la
enfermedad
de
la
madre:
¿cómo
creés
que
lo
tomará
el
público?

J.D:
Hoy
es
un
tema
que
nos
atraviesa
muchísimo
o
por
lo
menos
a
las
generaciones
de
40
años
para
adelante,
inclusive
hay
gente
más
joven
que
también
tiene
los
padres
enfermos.
Porque
no
tiene
que
ver
solamente
con
el
Alzheimer.
Adrián
la
definió
como
“comedia
emocional”
y
coincido
ya
que
esta
enfermedad
es
sólo
un
disparador.
El
tema
es
qué
pasa
cuando
se
empiezan
a
intercambiar
los
roles,
cuando
un
padre
empieza
también
a
necesitar
a
los
hijos
o
a
las
hijas
para
que
lo
cuiden.
Nos
vamos
a
identificar
todos.

S.V:
A

me
parece
que
la
obra
va
a
interpelar,
generando
empatía
e
identificación,
porque
la
enfermedad
de
la
madre
está
en
los
cuerpos
de
cada
una
de
sus
hijas.
En
ese
sentido
la
dramaturgia
va
muy
a
favor,
muestra
que
cada
una
tiene
una
posición
muy
diferente
con
respecto
a
esa
enfermedad.
Tengo
la
sensación
de
que
va
a
haber
mucha
identificación
con
ellas,
son
arquetipos,
muy
reconocibles
y
creo
que
en
todas
las
familias
existen,
más
allá
de
este
caso
puntual.

—Nuestra
sociedad:
¿cómo
trata
a
los
adultos
mayores?

J.D:
Y
es
difícil,
creo
que
todos
estamos
empezamos
a
tomar
conciencia
de
ese
espacio
cuando
ya
somos
más
grandes
y
vemos
que
nuestros
padres
están
mayores.
Me
parece
que
hay
una
gerontofobia,
una
fobia
hacia
la
gente
grande.
Una
también
le
teme
a
la
propia
vejez.
Nunca
sentí
que
los
tratáramos
muy
bien
a
los
ancianos,
pero
en
este
momento
es
muy
doloroso
lo
que
está
pasando,
que
no
viene
de
ahora,
pero

es
una
decisión
de
las
personas
que
tienen
el
poder
en
sus
manos.
Que
los
jubilados
estén
pidiendo
que
les
aumenten
unos
míseros
pesos
para
poder
pagarse
los
remedios
y
las
personas
que
tienen
que
votar
por
eso
se
aumenten
el
sueldo
sin
pudor
es
muy
triste…
da
miedo.
Ojalá
que
los
senadores
voten
bien.

S.V:
Se
puede
ver
claramente
dónde
hay
síntomas,
de
lo
disociados
que
estamos,
justamente
por
cómo
tratamos
a
los
mayores.
Veo
lo
mal
que
vivimos
al
no
poder
hacerles
un
lugar.
Seguramente
el
miedo
de
la
muerte
estará
ahí
dando
vueltas
en
todos
nosotros.
Hay
una
hipervaloración
en
relación
a
la
juventud,
a
lo
nuevo.
Despreciamos
al
que
vivió
y
que
tiene
experiencia.

P.G:
Mal.
Los
mayores
nunca
tuvieron
una
época
de
gloria
en
este
país.
Me
parece
que
siempre
terminaron
siendo
el
último
orejón
del
tarro,
ya
sea
en
la
política
como
incluso
también
en
la
sociedad
misma.
El
ritmo
que
esta
sociedad
nos
exige
tener
todo
el
tiempo,
no
coincide
con
el
de
la
gente
mayor.
Cambiaron
los
paradigmas
y
me
los
cambiaron
a

que
tengo
45
años,
me
imagino
a
una
persona
de
80.
Me
parece
que
en
el
eslabón
de
la
cadena
fueron
los
menos
mirados
y
hubo
una
injusticia,
en
este
país.
No
está
bueno
jubilarse,
es
como
otra
etapa
de
angustia
la
que
te
viene.

—¿Les
da
miedo
la
vejez?

J.D:
Un
poco

y
la
de
mis
padres,
me
duele.
Es
una
responsabilidad
muy
grande
que
a
veces
una
puede,
quiere
y
a
veces
no
quiere
o
no
puede.
De
esto
también
habla
la
obra.
Muchas
personas
no
aceptan
el
paso
del
tiempo.
Me
doy
cuenta
porque
hoy
las
chicas
muy
jóvenes
se
ponen
botox
o
se
operan
la
nariz
o
la
boca…
es
muy
fuerte.

S.V:
No
me
da
miedo,
pero

lo
pienso.
Siento
que
me
importa,
como
momento
de
la
vida.
Luego
de
la
adultez
va
a
estar
la
vejez
y
será
parte
de
mi
biografía,
vendrán
preguntas
y
temáticas.
Hay
que
darle
dimensión
sin
obsesionarse
porque
creo
que
también
justamente
está
el
misterio
y
la
pregunta
de
cómo
será,
en
cada
una.
La
vejez
estará
ahí,
esperándonos,
en
el
mejor
de
los
casos.

P.G:
No

si
miedo,
pero
es
un
lugar
desconocido,
como
de
sufrimiento
físico,
ya
que
se
empieza
a
apagar
la
máquina.
Tal
vez
tu
cabeza
te

para
mucho,
pero
tu
cuerpo
no
te

para
tanto.
Ese
desfasaje
de
las
líneas
me
aterra
un
poco,
aunque
creo
que
una
construye
lo
que
imagina
de
su
vejez.
Vivir
de
lo
que
me
gusta,
lo
agradezco
y
lo
siento
como
un
privilegio
absoluto.
Agradezco
mucho
el
haber
encontrado
lo
que
me
gusta
ser
en
la
vida,
porque
eso
creo
que
también
para
adelante
va
a
arrastrar
cosas
buenas.
La
máquina
se
apaga
y
eso
es
lo
inevitable,
lo
que
da
pánico
es
que
se
apague
el
entusiasmo.
Intento
militar
la
vida
que
tengo
para
que
esa
vejez
sea
un
poco
más
llevadera.