
El
escritor
ruso
Antón
Chéjov
(1860-1904),
cercano
a
León
Tolstói,
Máximo
Gorki
y
Konstantín
Stanislavski,
entre
otros
connacionales,
fue
maestro
en
la
construcción
de
personajes,
con
una
psicología
presentada
minuciosa
y
desafectadamente,
El
realismo
de
su
narrativa
y
su
dramaturgia
–también,
el
de
sus
textos
de
no
ficción–
se
ubica
en
la
Rusia
de
la
segunda
mitad
del
siglo
XIX,
lo
que,
sin
embargo,
no
resulta
extraño
para
la
Argentina
del
siglo
XXI.
Al
autor
de
La
gaviota
también
le
ocurre
lo
que
a
muchos
clásicos:
es
más
nombrado
que
verdaderamente
leído
y
conocido.
Pero
la
cartelera
porteña
le
rinde
homenaje
a
través
de
varias
puestas
en
escena
que
existen
simultáneamente.
Qué
hermoso
era
todo
antes,
texto
de
Lisandro
Fiks
que
retoma
precisamente
La
gaviota
y
es
dirigido
por
el
propio
Fiks,
va
los
jueves
a
las
20
y
los
domingos
a
las
19,
en
el
Centro
Cultural
Borges
(Viamonte
525).
Vanya,
comparable
operación
sobre
Tío
Vania,
con
dirección
José
María
López,
va
los
domingos
a
las
18,
en
Teatro
Anfitrión
(Venezuela
3340).
Experiencia
Chéjov,
con
dirección
de
Matías
Serrano,
hace
el
montaje
de
tres
piezas
cortas:
Pedido
de
mano,
El
aniversario
y
El
oso,
los
domingos
a
las
20,
en
Teatro
Azul
(Corrientes
5965).
Finalmente,
Tres
mujeres
audaces,
obra
de
Mario
Diament,
con
dirección
de
Mauro
J.
Pérez,
propone
el
encuentro
imaginario
de
tres
personajes:
retoma
a
Elena,
de
Tío
Vania,
y
propicia
un
diálogo
con
Nora,
de
Una
casa
de
muñecas,
de
Henrik
Ibsen
y
la
protagonista
de
La
señorita
Julia,
de
August
Strindberg.
La
propuesta
va
los
viernes
a
las
20,
en
El
Tinglado
(Mario
Bravo
948).
Meses
atrás,
había
más
Chéjov.
Marcelo
Savignone
había
hecho
La
negación
de
la
negación.
Una
hermenéutica
chejoviana,
en
Belisario
Teatro.
Y
en
Paraje
Artesón,
Vladimir
Kostas
unió
en
una
misma
función:
Sobre
el
daño
que
hace
el
tabaco
y
El
canto
del
cisne.
Meses
adelante,
¡habrá
más
Chéjov!
La
puesta
de
La
gaviota,
por
Rubén
Szuchmacher,
subirá
a
la
Sala
Casacuberta
del
Teatro
San
Martín,
a
fines
de
septiembre.
Esto
no
les
gusta
a
los
autoritarios
El
ejercicio
del
periodismo
profesional
y
crítico
es
un
pilar
fundamental
de
la
democracia.
Por
eso
molesta
a
quienes
creen
ser
los
dueños
de
la
verdad.
VISIONES.
Mientras
tanto,
Fiks,
López,
Serrano
y
Pérez
cuentan
aquí
sus
experiencias
y
su
visión
sobre
Chéjov.
Por
ejemplo,
para
Fiks:
“Lamentablemente,
es
un
autor
que
se
descubre
si
te
dedicás
al
teatro.
Lo
conocí
en
mi
primer
taller
de
teatro:
hice
El
oso,
aprendí
la
letra.
Pero
la
profundidad,
me
llegó
estudiándolo
en
las
clases
con
Augusto
Fernandes”.
Por
su
parte,
López
recuerda:
“Mi
primer
contacto
con
Chéjov
fue
en
1983,
cuando
hacía
en
París
la
“Escuela
Internacional
de
Mimodrama
Marcel
Marceau”.
Tres
mujeres
de
mi
curso
prepararon
una
escena
de
Las
tres
hermanas
y
me
pareció
de
una
belleza
y
una
simplicidad
arrolladoras.
Así
que
corrí
a
la
librería
y
compré
Teatro
completo
de
Antón
Chéjov.
Esos
libros
me
acompañan
desde
entonces”.
Y
Pérez
relata:
“Conocí
a
Chéjov
cuando
ingresé
a
la
carrera
de
puesta
en
escena
en
la
EMAD.
Paralelamente
en
el
San
Martín
había
una
versión
de
El
jardín
de
los
cerezos,
dirigida
por
Helena
Tritek
y
protagonizada
por
Cristina
Benegas:
me
había
emocionado
muchísimo,
por
los
temas
que
tocaba
y
todo
lo
que
no
se
decía,
pero
que
explotaba
en
el
aire”.
Desde
aquellos
lejanos
inicios,
estos
directores
reivindican
la
vigencia
de
Chéjov
hoy,
que
López
sintetiza
así:
“El
teatro
funciona
como
un
espejo
y
en
sus
obras
podemos
vernos
profundamente
reflejados.
Las
pasiones
humanas
no
envejecen.
Al
igual
que
en
la
Rusia
del
siglo
XIX,
los
seres
humanos
de
hoy
seguimos
anhelando
una
vida
mejor,
queremos
que
el
amor
sea
correspondido,
buscamos
comprensión,
compasión,
justicia.
No
hay
nada
añejo
en
las
obras
de
Chéjov.
Todavía
nos
habla,
nos
interpela
y
nos
representa”.
Esa
interpelación
no
es
cómoda,
porque
muchas
de
las
obras
de
Chéjov
son
dramas.
Pero
en
ellos
no
está
ausente
cierta
veta
humorística.
Fiks
reflexiona:
“El
humor
es
reírse
de
la
desgracia
ajena.
No
podemos
no
reírnos
cuando
una
mujer,
vestida
de
negro,
dice:
“Estoy
de
luto
por
mi
vida,
soy
una
infeliz”.
O
cuando
el
personaje
de
la
actriz
que
se
está
poniendo
vieja,
se
arregla
y
se
para
al
lado
de
una
chica
joven
y
pregunta:
“¿Quién
parece
más
joven?”.
Son
cosas
que
no
dejan
de
causar
gracia,
porque
vemos
la
infelicidad,
el
patetismo
y
nos
podemos
sentir
identificados”.
Centrándose
en
Tío
Vania,
López
considera
que
“conviven
en
esta
“Comedia
en
cuatro
actos”,
como
Chéjov
la
tituló,
el
drama
y
la
comedia,
cuyos
contrastes
se
potencian
y
enriquecen”.
Y
Serrano
hace
hincapié
en
el
absurdo:
“Los
conflictos
que
plantea
Chéjov
son
actuales,
absurdos
y
divertidos
de
interpretar.
No
son
ajenos;
de
hecho,
si
observás,
podrías
encontrarlos
caminando
por
la
calle”.
Un
clásico,
muchas
interpretaciones
A.M.
Como
todo
clásico,
Chéjov
habilita
diferentes
interpretaciones.
Para
Fiks:
“En
todas
sus
obras,
está
esa
burguesía
rusa,
que,
aunque
tiene
el
futuro
asegurado,
no
es
feliz.
Chéjov
trasmite
este
mensaje:
el
hombre
no
es
feliz.
Tiene
su
subsistencia
resuelta,
pero
falla
en
su
búsqueda
de
felicidad”.
Para
López:
“Chéjov
ofrece
un
caleidoscopio
de
vidas
humanas
y
las
describe
sin
juzgarlas.
No
tiene
una
visión
demasiado
optimista
del
presente,
pero
sí,
una
fe
ardiente
en
el
futuro
del
ser
humano:
cree
que,
si
obramos
con
sabiduría
y
trabajamos
para
ello,
nuestro
futuro
será
mejor.
Y
parafraseando
a
Eduardo
Galeano,
escribió
como
diciendo
nada,
y
dijo
todo.
También
parece
haber
seguido
la
premisa
de
su
maestro
y
amigo
León
Tolstói
“Pinta
tu
aldea
y
pintarás
el
mundo””.
Para
Serrano:
“Lo
que
es
tan
ruso
en
Chéjov
(las
casas
rurales,
el
banco),
todo
podría
estar
ubicado
en
un
pueblo
de
la
Argentina
actual.
Los
conflictos,
como
el
sexismo,
siguen
siendo
relevantes.
Son
planteos
universales:
la
lucha
de
poder,
los
deseos
frustrados,
el
amor
no
correspondido,
la
vida
cotidiana.
Hay
algo
profundamente
humano
y
cercano
en
Chéjov:
lo
bueno,
lo
malo,
lo
que
no
cambia”.
Para
Pérez:
“El
realismo
de
Chéjov
no
es
solo
una
representación
fiel,
sino
de
emociones
contenidas,
de
lo
que
no
se
dice.
Muestra
a
las
personas
en
su
ambigüedad,
en
su
contradicción,
en
su
fragilidad.
No
hay
héroes
ni
villanos;
hay
seres
que
aman
mal,
que
se
frustran,
que
sueñan
con
otra
vida
pero
no
se
animan
a
cambiar,
desean
cosas
imposibles
y
él
nunca
los
condena.
Más
bien
los
observa
con
ternura”.



















