
Las
corredoras
llega
a
las
salas
argentinas
en
poco
tiempo.
Es
la
nueva
película
de
Néstor
Montalbano,
un
nombre
fundamental
a
la
hora
de
entender
la
comedia
argentina
y
muchos
de
sus
caminos
de
los
últimos
años.
Desde
su
trabajo
en
Cha
Cha
Cha
y
Todo
x
2
pesos,
además
de
films
como
Soy
tu
aventura,
Pájaros
volando,
No
llores
por
mí,
Inglaterra
y
Por
un
puñado
de
pelos,
Montalbano
ha
compartido
muchos
rincones
de
su
mundo
lúdico
con
Diego
Capusotto,
uno
de
los
grandes
comediantes
populares
que
quedan.
En
este
caso,
Capusotto
comparte
la
pantalla
con
Carola
Reyna,
Alejandra
Flechner,
Norman
Briski,
Alejandro
Müller,
Eduardo
Calvo,
Pablo
Mansilla
y
Gento
Montalbano.
Es
el
mismo
Capusotto
quien
anticipa
antes
del
estreno:
“En
el
film
hay
que
resolver
un
crimen.
Creo
que
es
una
película
que
atraviesa
cierta
comedia
negra,
tiene
melodrama
en
algunos
personajes,
que
podrían
haber
salido
de
Manuel
Puig.
Hay
algo
de
eso
que
está
entrecruzado
y
que
difiere
de
las
otras
películas
de
Néstor,
donde
había
un
lenguaje
humorístico
más
directo
y
más
direccionado
a
lograr
el
efecto
gracioso.
Esta
incursiona
por
otros
lugares,
donde
requiere
una
tensión
mucho
más
activa
a
lo
que
dicen
los
personajes
y
a
cómo
se
va
a
resolver
este
problema.
Hay
algo
que
puede
abordar
eso,
que
puede
parecer
al
principio
una
película
de
terror,
pero
eso
se
va
diluyendo,
y
se
va
anclando
en
otro
género.
Por
ahí
va
la
cosa”.
Y
suma:
“El
cine
nacional
tiene
algunas
posibilidades
de
que
pueda
tener
un
resultado
económico.
Me
parece
que
se
hace
por
puro
deseo
el
cine
nacional.
Hay
una
necesidad,
y
ahí
se
convoca
el
deseo,
en
eso
de
contar.
La
nuestra
pertenece
a
eso,
al
deseo
de
Néstor
y
de
la
guionista
Marcela
Potente
de
hacer
algo.
En
principio,
siempre
el
deseo,
arrancamos
de
ahí
en
un
momento
de
una
crisis
que
está
agravada.
No
voy
a
sectorizar
mi
mirada
en
la
cultura
por
ser
actor.
No
solo
la
cultura
está
en
crisis:
el
trabajo,
el
futuro,
muchas
más
cosas.
El
del
Gobierno
es
un
ajuste
que
cae
en
las
capas
medias
y
en
los
más
necesitados.
Una
agenda
que
no
se
reparó
en
el
gobierno
anterior:
la
pobreza,
la
inseguridad,
la
inflación,
y
que
ahora
este
gobierno
no
tiene
ninguna
intención
de
anclar
ahí.
Ni
mucho
menos.
Es
un
gobierno
de
las
corporaciones.
Son
los
maestros
de
la
distracción.
Y
por
otro
lado,
otra
cosa
también
grave
tiene
que
ver
con
la
entrega
de
la
soberanía.
No
veo
que
se
hable
mucho
de
eso
tampoco.
Frente
a
eso,
el
panorama
es
un
tanto
desolador”.
Volviendo
a
Las
corredoras,
Capusotto
cuenta:
“Tuve
que
corporizarme
en
cuatro
personajes,
todo
afín
a
la
historia.
No
para
mostrar
que
puedo
hacer
cuatro
personajes
o
cambiar
el
ropaje.
Fue
en
función
de
la
historia,
este
personaje
va
mimetizándose,
metiéndose
en
diferentes
seres,
que
me
obligaron
a
darle
el
tono
a
cada
uno.
Fue
un
incentivo
que
me
arrancó
cuando
Néstor
me
convoca
para
la
película.
Uno
se
define
actor
cuando
dos
o
tres
meses
antes
del
rodaje
está
obsesionado
con
algo.
Me
hicieron
entrar
en
una
que
yo
tengo
conocida,
porque
lo
que
hacemos
con
Pedro
Saborido
es
ir
de
un
personaje
al
otro.
Muchos
de
ellos
son
los
mismos
con
otro
ropaje,
otros
son
diferentes.
Es
un
procedimiento
que
estoy
acostumbrado
a
hacer.
Pero
acá
no
había
comedia,
es
otro
registro
más
ligado
a
una
historia
lineal
que
a
un
personaje
que
va
a
durar
diez
minutos,
hay
elementos
de
la
emocionalidad
de
los
personajes
que
difieren
del
género
y
del
modo
de
hacer
que
hago
en
la
comicidad.
Eso
me
pareció
muy
interesante”.
Esto
no
les
gusta
a
los
autoritarios
El
ejercicio
del
periodismo
profesional
y
crítico
es
un
pilar
fundamental
de
la
democracia.
Por
eso
molesta
a
quienes
creen
ser
los
dueños
de
la
verdad.
—¿Qué
sentís
define
el
trabajo
que
hacés
(esta
película
u
otras
cosas)
con
Néstor
Montalbano?
¿Dónde
ves
que
nace
la
afinidad
en
común
que
poseen
a
la
hora
de
contar?
—Cuando
estábamos
en
Todo
x
2
pesos
o
Cha
Cha
Cha
teníamos
lugares
comunes
que
compartimos
a
la
hora
de
las
ideas.
En
las
últimas
películas
de
Néstor
yo
soy
parte
de
un
deseo
que
nace,
en
el
caso
de
Las
corredoras,
de
él
y
de
su
mujer,
Marcela
Potente.
Desde
ya
que
lo
que
me
convoca
no
es
solo
la
amistad
con
Néstor,
sino
su
sentido
estético,
el
riesgo
que
tiene,
que
toma,
en
sus
cuentos.
Ahí
me
prendo,
algunas
veces
no,
y
otras
sí,
y
depende
cuánto
me
convoque
o
no.
Pero
hay
un
deseo
en
Néstor
siempre
que
tiene
que
ver
con
cómo
contagia,
siempre
ha
sido
así;
nunca
hemos
tenido
un
trabajo
donde
nos
sentamos
a
ver
qué
sale,
sino
que
hay
algo
que
en
este
caso
le
sale
a
Néstor
y
lo
comparte,
y
yo
decido
viajar
con
él.
—¿Qué
sentís
define
a
la
comedia
hoy
en
Argentina,
en
general?
—Considerando
lo
que
dije
hablando
de
la
macropolítica
en
el
país,
la
comedia
debería
responder
a
eso.
Si
nos
vamos
a
reír
en
términos
individuales
y
a
contar
lo
que
nos
pasa
en
la
cola
de
un
supermercado
chino
o
de
los
amores
tóxicos,
y
no
abordamos
lo
macro
que
nos
sucede,
que
le
sucede
a
mucha
gente,
la
comedia
se
está
quedando
con
una
pata
corta.
Puede
implicar
paralelos
a
la
situación.
La
comedia
en
el
fondo
es
ofender
a
los
que
nos
ofenden.
Siempre
nos
reímos
de
la
tragedia,
nunca
de
lo
que
sale
bien.
Y
nunca
de
lo
que
le
contamos
a
un
amigo.
La
comedia
puede
convertirse
en
eso.
Si
le
contás
un
anecdotario
a
un
amigo,
de
manera
graciosa,
puede
resonar.
La
comedia
que
vaya
por
donde
quiera
no
es
para
mí.
Lo
nuestro
siempre
acompañó
los
procesos
políticos
y
sociales,
y
la
angustia
humana,
que
no
necesariamente
tiene
que
ver
con
la
político,
sino
con
el
simple
hecho
de
existir.
Siempre
hay
una
escena
que
no
es
buena,
que
es
un
poco
angustiante,
y
a
partir
de
eso
uno
empieza
a
liberar
esa
angustia,
a
convertir
la
vida
en
otra
cosa
donde
todo
puede
estar
permitido.
O
que
tengamos
que
negociar
menos
cosas
por
otro
lado.
Y
donde
las
decisiones
sean
determinantes:
eso
lo
permiten
la
comedia
y
su
locura;
si
no
hay
locura,
hay
simpatía,
otra
cosa.
No
hay
nada
más
feo
que
que
te
digan
que
sos
simpático
y
no
cómico.
Si
vamos
a
reírnos,
que
sea
con
un
poco
de
crueldad,
¿no?
Es
lo
único
que
entiendo
como
resistencia
hoy,
uno
cuando
hace
humor
no
dice
hacer
resistencia,
una
cosa
es
hacer
y
otra
cosa
es
hablar
de
humor.
Siempre
el
lugar
más
puro
del
humorista
es
cuando
está
haciendo
humor.
—¿Qué
descubriste
haciendo
“El
lado
C”,
que
tiene
shows
el
11
de
mayo
en
Bahía
Blanca
y
el
22
de
junio
en
el
Auditorio
Belgrano?
—Me
ha
permitido
volver
a
un
escenario
que
a
mí
me
gusta,
el
teatro,
y
al
estar
con
la
gente.
La
verdad
es
que
prefiero
tener
ese
ida
y
vuelta
que
manifestar
algo
en
redes,
que
no
tengo
y
que
ni
me
interesa
tener.
Ahí
encuentro
un
lugar
amoroso
y
en
mis
mejores
condiciones.
—¿Qué
implica
para
vos
ser
un
artista
popular?
—Cuando
algo
viaja
solo,
y
atraviesa
diferentes
sectores
sociales,
y
cada
uno
de
esos
sectores
se
apropia
de
eso
que
está
dicho,
y
también
lo
hace
personal,
cuando
no
se
pone
de
gueto
lo
que
uno
dice,
no
se
sectoriza,
cuando
no
es
para
un
grupito
de
reunión,
y
empieza
a
generar
distintas
emociones
en
gente
hasta
disímil
de
uno,
me
parece
que
eso
define
lo
popular.
Ya
no
masivo,
porque
ese
lenguaje
instala
algo
en
el
otro.
Lo
masivo
tiene
que
ver
con
estar
en
un
medio
y
decir
boludeces,
y
ya
con
eso
te
alcanza.
Lo
que
digo
es
que
si
no
decís
boludeces,
y
decís
cosas
que
pueden
atravesar
a
diferentes
personas
de
distintos
lugares,
eso
puede
convertirse
en
algo
popular
siempre,
y
creo
que
tiene
que
ver
con
lo
sensible,
y
no
solamente
lo
que
te
pasa
a
vos.
La
identificación
no
es
forzada,
sino
que
hay
algo
ahí
que
te
hace
ir
de
una
idea
a
otra,
de
una
escena
a
otra.
Eso
pasa
con
distintas
clases
sociales
con
las
cosas
que
hemos
hecho.
A
cada
uno
le
circula
como
le
circula.
Yo
no
sé
cómo
le
circula
a
la
gente.




















