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ENTRETENIMIENTO

Desde febrero de 2023, Felipe Juan Froilán de Marichalar y Borbón, sobrino del rey Felipe VI y cuarto en la línea de sucesión al trono español, hizo de Abu Dabi su hogar. Su mudanza a los Emiratos Árabes Unidos no solo marcó un cambio geográfico, sino también un nuevo capítulo en su vida personal y profesional, lejos de los focos mediáticos que siempre lo acompañaron en España. La decisión de trasladarse a Abu Dabi parece haber estado motivada por el deseo de estar cerca de su abuelo, el rey Juan Carlos I, quien reside en el país árabe desde su retiro en 2020. La convivencia con el monarca emérito le permitió a Froilán mantener un perfil más bajo mientras compagina sus estudios de posgrado con un nuevo puesto de trabajo. Fuentes cercanas a la familia aseguran que Froilán encontró en Abu Dabi un entorno propicio para crecer tanto personal como profesionalmente. Además, su presencia junto al rey emérito ha sido interpretada por algunos como una estrategia para colaborar en la gestión del patrimonio de su abuelo, lo que también podría estar preparándolo para futuras responsabilidades dentro de la familia real. Froilán, lejos de España y de las polémicas La decisión de Froilán de quedarse en Abu Dabi y no regresar a España en el futuro cercano parece haber sido tomada con firmeza. Este distanciamiento geográfico también lo aleja de las polémicas que en más de una ocasión lo convirtieron en el centro de atención mediática en su país natal. En los Emiratos Árabes, el joven logró mantenerse alejado del foco mediático constante de la prensa y construir una rutina más estable. El hijo de la infanta Elena, conocido por su carácter enérgico y su presencia en la vida social española, parece haber encontrado en Abu Dabi un espacio para reinventarse. Según allegados, Froilán está plenamente enfocado en sus estudios de posgrado y en las responsabilidades de su nuevo empleo, lo que demuestra un cambio significativo respecto a la imagen que solía proyectar en España. ¿Qué hace Froilán en Abu Dabi? Aunque los detalles de su trabajo no se han hecho públicos, se sabe que Froilán está involucrado en un proyecto profesional que le permite aplicar sus estudios y adquirir experiencia en un entorno internacional. Abu Dabi, conocido por ser un importante centro financiero y cultural, ofrece múltiples oportunidades que el nieto de Juan Carlos I parece estar aprovechando al máximo. Su relación con su abuelo, es clave en su integración a la vida en los Emiratos. VO
La princesa Ana, única hija de la reina Isabel II, es conocida por su carácter independiente y pragmático. A lo largo de los años, la royal demostró ser una figura clave dentro de la familia real británica, pero también alguien que tomó sus propias decisiones sobre su vida: una de las más destacadas fue su determinación de no otorgar títulos reales a sus hijos, Peter Phillips y Zara Tindall. Cuando la princesa Ana tuvo a sus hijos, en 1977 y 1981 respectivamente, tomó una postura firme respecto a su futuro. Aunque, por protocolo, Peter y Zara podían haber recibido el tratamiento de “Alteza Real” y ser llamados príncipes, la princesa optó por no hacerlo. ¿La razón? Según ella, su decisión estuvo motivada por el deseo de garantizar que tuvieran una infancia más sencilla y una vida menos condicionada por las obligaciones y expectativas reales. En una entrevista, Ana explicó: “Creo que les será más fácil así, y creo que la mayoría de la gente es de la opinión de que tener títulos tiene sus desventajas. No te das cuenta de eso hasta que sos mayor y tenés hijos”. Estas palabras reflejan su visión moderna de la crianza dentro de una institución tan tradicional como la monarquía británica. La decisión de la princesa Ana La determinación de Ana de hacer más sencilla la vida de sus hijos no solo rompió con una costumbre arraigada en la Casa de Windsor, sino que también marcó un precedente histórico. Peter y Zara se convirtieron en los primeros nietos legítimos de un monarca británico, la reina Isabel II, que no ostentan títulos reales. Esto, sin embargo, no fue una imposición de la reina. Tanto Peter como Zara hubieran podido recibir títulos si su madre lo hubiera solicitado, pero Ana fue contundente en su postura. En lugar de otorgarles un título, permitió que crecieran fuera del foco constante de la atención pública y sin las responsabilidades asociadas a su linaje. Peter y Zara se han mantenido cerca de la familia real, pero con total autonomía. Peter Phillips desarrolló una carrera en el ámbito empresarial, mientras que Zara Tindall se destacó como jinete profesional y representó a Reino Unido en competencias ecuestres de alto nivel, incluida la obtención de una medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Ambos disfrutan de una libertad que difícilmente hubieran tenido si llevaran un título nobiliario. Sus vidas, aunque vinculadas a la realeza, están marcadas por un enfoque más terrenal y menos restrictivo. VO
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A diferencia de otros años, la pasada edición de los Golden Globes fue una verdadera apertura de la temporada de premios, que culmina con los Oscar: la mayoría de los ganadores en las categorías importantes en cine repitió su premio en los Oscar (solía ser un lugar de diferencias). Este año hay más dudas al respecto. Los Golden Globes son dados por la Golden Globe Foundation, integrada por periodistas y nacida después de la disolución de la Hollywood Foreign Press, una avergonzada asociación que anda a hurtadillas en los nuevos premios. El galardón es emitido desde hace años por TNT y desde hace poco en la plataforma MAX (son un preshow en la alfombra roja). La actriz Viola Davis recibirá el premio que saluda el logro en el cine, el Cecil B. DeMille Award (otro gesto de corrección política que no le quita nada a Davis como productora y actriz, pero que subestima, a su torpe manera, la historia del cine). A la hora del novedoso Carol Burnett Award, que saluda a leyendas de la TV, el premio lo recibe Ted Danson, el actor que desde Cheers a The Good Place, ha sido parte de decenas de shows clásicos de la televisión norteamericana. A la hora del cine, Emilia Perez, el musical francés hablado en español e inglés, tiene 10 nominaciones y es seguido por The Brutalist, con 7 nominaciones. El oso sigue siendo la serie celebrada a la hora de los premios, aunque sus cinco nominaciones corren riesgo frente a shows como Shogun. La conductora es Nikki Glaser y es la primera mujer en conducir en singular la ceremonia. El show es famoso por sus conductores (Ricky Gervais, o la inmejorable dupla entre Tina Fey y Amy Poehler) y casi queda sin conductor tras el fracaso resonante de Jo Koy el año pasado. En un año de pocos films populares, queda ver si los ratings acompañan al agonizante premio.
Una muerte silenciosa, de Sebastián Schindel, es el primer lanzamiento grande del cine argentino en 2025. Filmada en San Martín, Neuquén, y protagonizada por Joaquín Furriel, Víctor Laplace y Alejandro Awada, la película tiene a Soledad Villamil en un rol jugado, tenso, que demuestra lo que es obvio: hace rato, Villamil es un rostro y una presencia que nuestro cine, nuestras tablas, deben cuidar, y es alguien que vive la cultura como pocos nombres públicos. Su entrega, su versatilidad, son la prueba de alguien que se entrega a los relatos. Su papel como Bea en Una muerte silenciosa es una prueba más: Villamil es una actriz de oro, que hace cosas que no muchos pueden hacer. En su mirada hay cine clásico, hay modernidad; en sus palabras, todo un mundo. Villamil recuerda sobre Una muerte silenciosa y su rodaje en el sur argentino: “Creo que lo que recuerdo en mi experiencia, en el cuerpo, lo que quedó muy pregnado es el lugar: la naturaleza. Fue una experiencia muy intensa filmar en la Patagonia y en esas condiciones climáticas que son todo. Condiciones que tienen un peso enorme. Fue hermoso. Para mí fue un rodaje espectacular. Era muy fácil entrar en el modo de la película e imaginar las condiciones en que vivían esos personajes. Imaginar lo hermoso y lo sórdido. La película retrata muy bien eso: no está romantizado eso, está la sordidez de eso”. El personaje de Villamil vive un momento siempre considerado de los más difíciles para atravesar en una ficción: “Era un desafío, y lo fuimos buscando. Estaba escrito en el guion y hubo que buscarle una forma. Lo trabajamos mucho con el director, Sebastián, y con Joaquín Furriel. También con Víctor, claro. Para mí era muy importante que se contara esa sensación de Bea: la sensación de abismo, de no me voy a poder mover de acá nunca más. Ese dolor, esa sensación de que se terminó todo. Lo fuimos buscando, ensayando, y para mí fue entregarme a esa emoción”. —¿Qué te gusta de contar en el cine? Esto no les gusta a los autoritarios El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad. —Contar una historia en el cine es la posibilidad de contar a través de todos los sentidos. O de casi todos los sentidos. El cine tiene esa magia envolvente que te permite, que nos permite, una conexión total, una entrega muy grande y plena a la historia, al menos cuando funciona. A mí me pasa como espectadora de cine, que me abstraigo del tiempo y espacio, que estoy ahí una hora y media o el tiempo que sea y estoy ahí entregada en cuerpo y alma al relato. Eso me parece alucinante.  —¿Qué implica estrenar una película en este momento del cine argentino? —Para mí siempre tiene un valor extra estrenar una película, es un acontecimiento emocionante. Es algo bastante dicho, pero hay muchísimo trabajo detrás de una película. Es un momento de mucha celebración, porque toda esa gente detrás, todo ese esfuerzo que hizo que la película fuera posible se va concretado en la pantalla, se ve su laburo, y es hermoso. Pero creo que en este momento, con el cine nacional tan cuestionado, tan jaqueado, tan puesto en duda, tiene un valor extra.  —¿Qué te llama de un papel en este momento? —A mí me resulta muy significativo cuando leo un guion y me conmueve, me conmueve como lectora y como personaje. Cuando encuentro algo que me conmueve por fuera del personaje, algo más relacionado al relato. Ese sería el hilo rojo que une los papeles que cuento.  —¿Cómo vivís tu camino como artista, entre el contar y el cantar? ¿Qué dice de vos tu profesión en este momento? —Difícil decir para mí. Es una buena definición el pensarme como persona inquieta, curiosa, interesada en muchas cosas. Obviamente, he ido focalizando mi vida en torno a esto, a contar historias. Me parece que ese es un común denominador de lo que hago, ya que puede ser a través de una canción o de una ficción en la que actúo. Siempre es esta idea de la intérprete, de la transmisión. De alguien que toma un material, lo interpreta, lo comunica al que va a escuchar, al que va a ver, al que recibe. Creo que hay algo de mi naturaleza que se fue manifestando y expresando para ese lugar, para ser alguien que cuenta historias. La pasión por las historias ¿de dónde me viene? Bueno… soy geminiana. Hay algo de la comunicación mercurial, de Mercurio, que llevaba las historias entre los dioses y los hombres, que es parte de encontrar algo que a mí me conmueve y transportarlo, de hacer ese puente. Después, no sé, algo que tuvo bastante peso en mi vida fue haber vivido en una familia interesada en el arte, en la música. Algo de eso obviamente vino conmigo, y encontró un espacio para poder desarrollarse. Nunca me pasó que mi entorno o mi padre me dijera: ¿cómo vas a dedicarte a ser actriz?, ¿cómo vas a dedicarte al arte? Siempre me sentía habilitada por mí misma y por el entorno, a probar, a jugar y hacer eso. —¿Qué define la cultura en términos de acción política? —Hoy más que nunca poder hacer una película argentina, poder contar nuestras historias, nuestros paisajes, nuestro país, nuestro modo de ver el mundo para mí es un acto casi revolucionario. Qué mal estarán las cosas, o qué condiciones se darán para que las cosas se sientan así. No es solo en este país, pero acá lo estamos viviendo con mucha crudeza porque hay una situación muy concentrada en relación con la posibilidad de producir, cada vez es más difícil producir para los que no estamos en el centro del mundo, con lo cual contar y producir desde la Argentina es vital. Si nosotros no contamos nuestras historias, ¿quién las va a contar? —¿Te preocupa en términos de los trabajos que se generan dentro de la industria? —Me preocupa muchísimo. Me preocupa por mí, por mis compañeros, porque es difícil de dimensionar para un espectador lo que implica. La cantidad de gente que trabaja y no solo a nivel fuente de trabajo sino también la especificidad y los años de formación que esa gente tiene. Todos, el vestuario, el que hace foco, todo tienen una especificidad en su artesanía y oficio que si esto se corta, ¿qué hacemos? Esto se establece mucho en la práctica. Es un oficio, que se aprende de quien hizo veinte películas antes, y todas las aréas pasamos por eso. Es crucial la continuidad de la industria. Me gustaría seguir haciendo películas que nos cuenten a nosotros.
Enloquecido” dice Juan José Campanella. Y recién estabámos a comienzos de diciembre. Lo cierto es que al momento de hablar con PERFIL el ganador del Oscar estaba en pleno ensayo de su próximo estreno teatral, Empieza con D, siete letras, y en esos mismo días daba pasos gigantes en el trabajo que viene llevando a cabo con su 100 Bares a la hora de la serie animada de Mafalda, el proyecto que Netflix anunció en 2024 y que todavía no se sabe cuándo verá la luz. Más allá de la expresión, Campanella transmitía calma. Estaba sentado su Politeama, el teatro que define “el sueño de mi vida: el cine propio”. Allí es donde el 10 de enero llegará su nueva creación teatral, protagonizada por Eduardo Blanco, su actor siempre elegido, y Fer Metilli, acompañados por Gastón Cocchiarale. Campanella prepara la película de Parque Lezama, también para Netflix. ¿Qué implica su nueva obra Empieza con D, siete letras? Campanella: “Para mí es la primera obra nueva original desde El cuento de las comadrejas, entonces en ese sentido lo siento como una película, un estreno absoluto. A mí es una de esas obras que me permite volver al espirítu de El mismo amor, la misma lluvia, con comedia, con emoción, con cosas de vida. A mi me gusta mucho, la trabajamos mucho con Cecilia Monti, me gusta que sea un banquete”. ¿Qué implica la idea de “banquete” al hablar de una historia de amor entre dos generaciones muy diferentes? Campanella: “Hay veces que uno hace algunas cosas de género. Una picada, una parrilla, una pasta. Esto es picada, vermut, entrada, mesa de quesos, más picada, dos platos, postre, café. Un banquete. Me gusta porque los actores pasan por un rango de emociones y es algo que a veces me da muchas ganas de buscar en lo que cuento”. —¿Cómo vivís lo que contás en este momento de tu vida? —Divido un poco en dos las cosas que hago: las obras de teatro o las películas son como una sinfonía, tienen varios movimientos, tienen varios estilos, llevan mucho más tiempo, son menos, y en la tele, cómo se trabaja con el género, con el episodio, son como canciones o sonatas. Me gustan las dos cosas, incluso como espectador. A veces no estoy para una película llena de emociones o de cosas, si no para una sola emoción: suspenso o reírme. Así las divido. Y así se fue dando, cada cuatro o cinco años, una película o una obra, y en el medio muchas cosas de televisión o trabajar para otro, que a veces te permite descansar la cabeza de la parte de escribir, que puede ser muy cansadora. Me abre a otros estilos que a uno no se le ocurre. Esto que hacemos ahora es otra sinfonía. Esto no les gusta a los autoritarios El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad. —Vuelvo entonces: ¿qué define lo que querés contar, es decir, qué te lleva a esta historia? —Empezó como El mismo amor, la misma lluvia. Siempre conté esto: dirigí allá durante 20 años, allá empecé mi carrera, El primer día de ese rodaje me dije: esta es mi voz, acá me entiendo y lo disfruto. Aquel es mi trabajo, esta es mi obra. Yo incluso siempre escribo con otra gente, porque me gusta ese retorno. En el caso de El secreto de sus ojos, el texto era de Eduardo Sacheri. En este caso fue Cecilia la que empezó con esta historia, pero me encuentro siempre con gente que piensa de la misma manera. No es urgente, eso no. Pero así es una necesidad. Si fuera urgente haría una todos los años, es tomarme ese tiempo para hacer esa cosa que me gusta ver a mi, que se puede decir que es antigua, pero es que de tan antigua que es pasa a ser rara y original: que te haga reír y que te emocione. Generalmente ahora en televisión hay mucho género. Personajes como El Pingüino, personajes de la CIA, personajes que hoy son más bien perversos, casi universales, son los que hacen a las series hoy. A mi me gusta hacer eso, hacerlo y consumirlo. Pero también me gusta hablar de nosotros. Todas las películas que hice, menos El secreto de sus ojos quizás, están inspiradas en gente muy cercana, son cosas muy personales. El secreto… es la única inspirada en otro mundo. La épica del hombre común es lo que me gusta, más urbano que argentino. Sé que mis cuentos han funcionado así en París, Madrid, Rosario y muchos otros lugares.  —¿Por qué teatro en este momento de tu vida? —Al trabajar con humor, la risa de una sala llena es droga. Es algo que vengo diciendo desde Luna de Avellaneda: es el sonido más hermoso que hay. En el cine ya no existe la sala llena. La sala de cine vacía me genera crisis más grande de mi vida. Hace más de 10 años que no la veo, y sí la veo, la veo en un mega evento. Siento que esa posibilidad te la da hoy el teatro: tener a 700 personas largando carcajadas al unísono. Es una droga, y lo es para es el espectador, para el que la recibe, para mí, para los actores, para todos los involucrados.  —¿Cómo es intentar contarles a generaciones más lejanas a consumos que definieron por ahora lo que era más popular a la hora de los relatos o lo audiovisual? —Es este momento es exactamente igual que todos los otros momentos, sobre todo en lo que me interesa contar, que tiene que ver con las relaciones, con amigos, familiares, afectos y las broncas. No tiene que ver con el momento político, local, o internacional, no tiene que ver tampoco con las nuevas tendencias a la hora de consumir lo audiovisual. Hablo de las nuevas generaciones. Bueno, de hecho, de eso sí hablo en esta obra. ¿Cuál es el agregado de esta época? Es una desconexión en la manera de vincularse, entre mi generación y quizás la tuya, ni hablar la de mis hijos. Acá hay un encuentro generacional en la manera de vincularse que me interesa mucho.  —¿Hay algo de hacer la serie animada de “Mafalda” que tiene que ver con hablar con una nueva generación? —Es un gran equipo, sí, del cual soy el showrunner. Lo que tenemos que hacer no es trasladar las tiras de Quino a la animación, sino sintetizar su esencia, tenemos que hacer las cosas acorde a otros medios. Las experiencias anteriores que fueron adaptar las tiras, ya pasaron por eso. Fue un problema de lenguaje. Nosotros, nuestro desafío más grande, y ahí es donde los herederos, como Guillermo Lavado, su sobrino, nos acompañan, es entender cómo escribiría hoy, de que hablaría Quino hoy. Muchos temas de los que hablamos estarían presentes, pero obviamente los personajes no van a tener Instagram, ni celular. Primero, porque son chiquitos, y porque tienen la magia de su universo. Tiene otra dinámica, tiene otra dinámica que la historieta. Este es el desafío, como somos muchos los fanáticos, yo sé que todo el mundo va a tener una opinión, y una opinión efusiva. Yo creo que hay cosas como las voces donde todos tienen algo para decir, pero hicimos un casting de más de mil personas. —¿Cómo ves lo que pasa institucionalmente con la cultura en Argentina? —En términos instutcionales es muy complejo, hay mucho para contar: lo dije antes y lo digo ahora, Argentina no es para motosierra, es para bisturí. No quiero hablar de la película. Está tan mezclado lo bueno de lo malo, que es difícil  separar la maleza del trigo. Si arrasamos con todo, y sacamos el trigo también, nos va a quedar un campo vacío. Eso de lo institucional es muy complejo, y hay disciplinas de las que no sé nada. Creo que la cultura tiene que ver con la educación, la educación en Argentina ha caído y se nota mucho. Estamos exportando cultura como nunca antes, pero cuando no se exportaba tanto era mucho más fuerte para nosotros. El tango lo hicieron para nosotros, el cine nunca fue más fuerte que cuando teníamos nuestros cómics. Me gustaría que se hagan cosas populares y de calidad, que haya más Discepolos, grandes cómics, grandes dramaturgos.
Cuando en 2017 Attaque 77 anunciaba su disolución después de treinta años de carrera, Luciano Scaglione ya sabía que no iba a quedarse estancado en el duelo. Muy pronto empezó a pensar en cómo seguir con la música pero no tardó en llegar la pandemia y trastocó unos cuantos planes. Finalmente, en 2023 apareció un disco cuyo título revela el espíritu con el que el que este bajista de 51 años afrontó sus nuevos desafíos: Hágalo usted mismo, una cita al famoso axioma punk que sintetiza bien esta nueva etapa, que conserva vínculos con sonidos e influencias de toda la vida pero ya no el contexto de un proyecto grupal sino en plan un poco más individual. Aunque Lucho al Attaque, el nombre artístico con el que apareció en plataformas digitales ese álbum con diez temas, puede presumir de la colaboración generosa de muchos compañeros de ruta (Leo De Cecco –el baterista de Attaque–, Gori (Fantasmagoria), Juanchi Baleirón (Los Pericos), Baltasar Comotto, Jorge Serrano, Sergio Rotman y Kolo Taccone.  Las amistades estuvieron en la grabación del disco y en su presentación oficial hace unas semanas en The Roxy, con mucha carga energética, esa que siempre fue condimento esencial de los shows de Attaque 77. “Attaque se tomó un descanso indefinido –dice Lucho–. Cuando terminó la pandemia nos reunimos y las energías estaban muy dispersas. Mariano trabajando mucho con Valeria Lynch y yo con muchas ganas de tocar después de los dos años de encierro. No quería esperar la agenda de nadie, entonces me armé este proyecto paralelo que recorre y representa mis más de treinta años en Attaque. Era difícil despegarse totalmente de un grupo después de todo ese tiempo. Toda la vida me van a pedir en los shows temas de Attaque”.  Esto no les gusta a los autoritarios El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad. En ese escenario, Scaglione tomó lo que él describe como “el camino más directo”. La única exigencia que se puso, explica, fue tener temas nuevos. “No podés vivir de las glorias pasadas –apunta–. Y este proyecto es honesto, cae bien, gusta… Los bajistas y los bateristas quedamos un poco culo para arriba cuando se disuelve una banda, así que traté de reaccionar rápido. Por algunos problemas de salud que tuvo Mariano yo ya había tenido que cantar en shows de Attaque Europa, Estados Unidos y México. Y me empezó a gustar ese lugar”. El repertorio de Lucho al Attaque es un muestrario amplio de los gustos del por ahora exbajista de Attaque (no se descarta un regreso de la banda). “A mí me gustan el rock y todos sus aledaños –pop, alternativo, grunge, punk, ska, reggae, hard rock, heavy metal–. Me gustan mucho las baladas ramoneras tipo Baby, I Love You. Y hago temas que vengo manoseando hace quince años, algunos que quedaron afuera del proyecto con Attaque incluso. Son canciones que me representan. Las terminé con Gori, que me ayudó mucho en la composición”.  Scaglione no se ve mucho con Mariano Martínez ahora mismo, pero siempre estuvo cerca de Leo De Cecco. Se conocen desde los 13 años, se los suele ver en Strummer Bar, la sala de conciertos que tienen en Palermo, y esa relación estrecha induce a pensar en un retorno en algún momento. “No hablo hace tiempo con Mariano pero está todo bien –remarca Luciano–. Todos nos tomamos bien lo que elige el otro. Esto se habló de frente, y a mí de todas formas me da igual lo que digan los demás. Más con la edad que tengo. Yo respeto mucho la historia de Attaque, no quiero ocupar un lugar que nunca voy a poder ocupar solo”.   Un vínculo sano “Todo ha sido muy sano en nuestro vínculo. Pero la historia de un grupo siempre tiene muchos matices. La mayoría de las bandas tienen un funcionamiento parecido al de una familia, con sus blancos, sus negros y sus grises”, explica Luciano Scaglione cuando se le consulta por una futura reunión de Attaque. “Se produce un desgaste que es lógico, las relaciones van mutando, hay cosas que ya no te gustan y no querés tolerar… Es muy difícil combinar todo para que el funcionamiento de un grupo sea perfecto. Ya no es como en la adolescencia: hay hijos, parejas, los padres que empiezan a irse… La vida misma”. Scaglione sostiene que la vida del rock es menos glamorosa que lo que muchos imaginan: “Viajás mucho, dormís mal, comés mal, hay mucho vicio, muchas  situaciones peligrosas desde el punto de vista físico y psicológico. No es todo alucinante como se suele suponer. Por eso existe el famoso club de los 27”, agrega el músico en referencia a esse grupo de grandes músicos que murieron a esa temprana edad (Jim Morrison, Jimi Hendrix, Kurt Cobain, Amy Winehouse, entre otros). “Salvo que seas una gran estrella, no es una vida fácil –argumenta el músico–. Hay vaivenes, malos momentos y están los buenos que pueden causar vértigo. Mucha gente cree que vivís la vida de un famoso millonario, cuando en realidad sobrevivís. Pero también la música es salvadora, es mágica, al menos para mí. Fue así desde que toqué a fines de los años 80 en el Festival Exterminio en Cemento con Attaque, hasta ahora”.
Miguel Urdangarin, el sobrino de Felipe VI, decidió iniciar una nueva etapa en su vida y trasladarse a Madrid después de años viviendo en distintas ciudades de Europa. Según reveló la revista Semana, el joven de 24 años, conocido por su pasión por la biología marina y el esquí, ahora reside en el Palacio de la Zarzuela junto a su abuela, la reina Sofía. Este cambio marca un importante punto de inflexión en la vida del nieto de los reyes eméritos, quien busca nuevos horizontes tanto académicos como personales. Miguel Urdangarin está acostumbrado desde chico a los constantes cambios de residencia. Pasó gran parte de su infancia y adolescencia en Ginebra, donde su madre, la infanta Cristina, decidió establecerse tras la separación de Iñaki Urdangarin. Allí estudió en el prestigioso colegio Ecolint, el mismo al que asistieron sus hermanos. Posteriormente, el joven se mudó a Reino Unido para perseguir su sueño de convertirse en biólogo marino, obteniendo una licenciatura en Ciencias de la Naturaleza. Tras finalizar sus estudios universitarios, Miguel regresó a Suiza, no solo para estar más cerca de su madre, sino también para explorar otra de sus grandes pasiones: el esquí. Durante su estadía en Europa Central, el nieto de Juan Carlos I comenzó un curso de instructor de esquí, una disciplina que practica desde niño. Sin embargo, un accidente en su rodilla derecha lo obligó a pausar su formación y a replantear su futuro. El accidente que marcó un antes y un después en la vida de Miguel Urdangarin El incidente que sufrió mientras tomaba clases de esquí cambió el rumbo de los planes de Miguel. Tras ser operado, los médicos le informaron que necesitaría al menos seis meses de rehabilitación antes de poder retomar su vida normal. Este contratiempo, lejos de desanimarlo, lo motivó a dar un giro y ampliar sus conocimientos en el ámbito de las ciencias naturales. Madrid se presentó como la opción ideal para esta nueva etapa. Con múltiples instituciones académicas de renombre y oportunidades profesionales, la capital española ofrece un escenario propicio para que Miguel continúe su formación. Pese a ser miembro de una de las familias más visibles de España, Miguel Urdangarin mantiene un perfil bajo. Al igual que sus hermanos, evita exponerse al ojo público y prioriza su privacidad. No obstante, su conexión con la Casa Real hace que cada uno de sus movimientos genere interés mediático. El hijo de la infanta Cristina se perfila como un ejemplo de cómo equilibrar la responsabilidad de pertenecer a una familia tan mediática con el deseo de construir un camino propio. VO
Pablo Urdangarin de Borbón, el hijo de la infanta Cristina e Iñaki Urdangarin, vive una vida relajada, tratando de alejarse de las polémicas mediáticas. El joven, nacido en Barcelona, decidió volver e instalarse en la ciudad en donde  creció y vivió momentos clave de su infancia junto a sus padres y sus hermanos. A pesar de haber pasado por otras ciudades como Washington D.C., el joven decidió regresar tras alcanzar la mayoría de edad, reafirmando su vínculo con esta emblemática ciudad catalana que tanto lo marcó en su niñez. Ahora, con 24 años y una carrera en ascenso como jugador profesional de basquetbol, Pablo Urdangarin continúa escribiendo su historia en Barcelona, instalado en el exclusivo barrio de Pedralbes, una zona que le resulta más que familiar. Pedralbes fue el barrio donde vivió durante años junto a su familia en una lujosa vivienda que se volvió famoso por ser testigo de algunos de los momentos más difíciles de los Urdangarin. Ahora, el joven regresa a un entorno lleno de recuerdos, pero con la mirada puesta en el futuro. El nuevo hogar de Pablo cuenta con 150 metros cuadrados, tres dormitorios, dos baños, una amplia cocina, jardín y piscina. Aunque inicialmente compartía un piso con dos compañeros de equipo, Artur Parera y Roberto Domenech, ambos se trasladaron a otras ciudades tras fichar por nuevos equipos, lo que llevó al joven a buscar un espacio más acorde a sus necesidades actuales. El básquet, la pasión de Pablo Urdangarin en Barcelona El deporte es una constante en la vida de Pablo, quien siguió los pasos de su padre, Iñaki Urdangarin, como jugador de basquetbol. Actualmente, el joven forma parte del Fraikin BM Granollers, donde demostró un compromiso absoluto con su carrera. "He aprendido mucho de mi padre, de querer ser el mejor", comentó Pablo Urdangarin en una entrevista reciente sobre la influencia de Iñaki en su amor y dedicación por este deporte. La estabilidad en su vida personal y profesional parece ser la clave del éxito de Pablo Urdangarin, quien, a pesar de los constantes focos mediáticos, sigue apostando por mantener un perfil discreto al igual que el resto de sus hermanos, Juan, Miguel e Irene Urdangarin, quienes lograron continuar su propio camino a pesar de formar parte de una de las familias más buscadas de España y ser sobrinos del rey Felipe VI. VO
Pablo Urdangarin, el segundo hijo de la infanta Cristina e Iñaki Urdangarin, construyó una vida que mezcla academia, deporte y amor en Barcelona. A sus 24 años, el joven encontró un equilibrio entre sus estudios en Sports Management y su carrera como jugador de basquetbol en el Fraikin BM Granollers, equipo de la Liga Asobal. En paralelo, el joven comparte su día a día con su novia, Johanna Zott, quien estudia Medicina en la misma ciudad. Pablo Urdangarin, un futuro ligado al mundo del deporte Estudiante de Sports Management en la prestigiosa EU Business School de Barcelona, Pablo se prepara para un futuro en el ámbito de la gestión deportiva. Esta carrera, que se imparte en inglés, combina conceptos de Administración de Empresas con un enfoque especializado en el mundo del deporte. La elección de esta formación no sorprende, considerando su pasión por el básquet y la herencia deportiva de su padre, quien fue un destacado jugador de esta disciplina y representó a España en los Juegos Olímpicos. Mientras cursa sus estudios, Pablo aplica en la práctica lo aprendido en el aula. Como miembro del Fraikin BM Granollers, se enfrenta a exigentes competencias en la Liga Asobal, consolidándose como un deportista dedicado. A pesar de la presión académica y deportiva, el joven mantiene una actitud comprometida y un bajo perfil, a pesar de los escándalos familiares que lo rodean. Barcelona, la ciudad que eligió Pablo Urdangarin para instalarse Barcelona fue testigo del crecimiento de Pablo, no solo como deportista y estudiante, sino también como individuo. La ciudad, que ha sido un punto central en su vida desde la infancia, es ahora el lugar donde construye su futuro. Ahí, comparte su vida con Johanna Zott, su pareja, quien también mantiene un perfil discreto, alejado del foco mediático. La pareja logró acomodar sus agendas, priorizando el apoyo mutuo en sus respectivas trayectorias. Ya es costumbre verla a Johanna en los juegos de Pablo, apoyando desde las gradas al hijo de la infanta Cristina. Con estudios en una carrera que combina su pasión por el deporte con habilidades empresariales, una prometedora trayectoria en el básquet y una vida estable en Barcelona junto a su pareja, Pablo Urdangarin parece tener claro hacia dónde quiere dirigirse. El joven demuestra que, más allá de los apellidos, el éxito está en el esfuerzo y la determinación personal. VO

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