Rocío Hernández: “Hay que ver a la persona antes que cualquier diferencia”

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Hay historias que no vuelven: insisten. No regresan como objetos del pasado sino como estructuras que se reactivan cada vez que encuentran un nuevo presente capaz de leerlas. La casa de los espíritus pertenece a esa categoría. Su llegada al formato serie –producida por la plataforma Prime Video– no es simplemente una adaptación, sino una reubicación estratégica dentro de un ecosistema audiovisual global que hoy busca historias latinoamericanas con escala internacional. El proyecto, desarrollado en ocho episodios y con estreno escalonado, forma parte de una política clara de la plataforma: consolidar contenido en español con proyección global, apoyándose en propiedades intelectuales reconocibles.

En ese marco, la novela de Isabel Allende –publicada en 1982 y con más de 70 millones de ejemplares vendidos– funciona no solo como base narrativa, sino como garantía cultural. La historia, que sigue a la familia Trueba a lo largo de varias décadas, cruza conflictos íntimos con procesos políticos concretos, en un territorio reconocible como Chile entre las décadas del 20 y el 70. La serie retoma esa estructura, pero la reorganiza con una decisión narrativa clave: poner el punto de vista en Alba desde el inicio, reforzando su lugar como narradora y como figura de lectura de toda la saga.

El elenco también responde a esa lógica de cruce regional. Dolores Fonzi y Nicole Wallace interpretan distintas etapas de Clara del Valle, mientras que Alfonso Herrera asume el rol de Esteban Trueba, figura central del relato. A ellos se suman Fernanda Urrejola como Blanca, Juan Pablo Raba, Maribel Verdú, Aline Küppenheim y Eduard Fernández, en un reparto que combina trayectorias consolidadas con nuevas figuras. En ese entramado, Rocío Hernández ocupa un lugar específico: Alba no es solo un personaje más, sino el punto de cierre narrativo, la que reconstruye la memoria familiar a partir de los cuadernos y los fragmentos del pasado.

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En ese movimiento aparece Alba. No como una protagonista clásica, sino como una figura de lectura: alguien que ordena, reconstruye y da sentido. Su mirada es retrospectiva, pero no nostálgica. Es una mirada atravesada por el intento de entender, de conectar fragmentos, de darle forma a una memoria que no es lineal. Hernández asume ese lugar desde una interpretación que no busca el énfasis, sino la acumulación de capas. Hay en su trabajo una insistencia en lo humano como punto de partida, incluso cuando el contexto empuja hacia lo contrario.

El desafío no es menor. La historia se sitúa en uno de los períodos más violentos de la historia reciente chilena, y ese fondo no funciona como escenografía, sino como una presión constante sobre los personajes. La serie reconstruye ese contexto a través de locaciones reales, diseño de época y una puesta que evita la estilización excesiva. Actuar en ese marco implica no solo reproducir gestos o modos de una época, sino sostener una carga emocional vinculada a la violencia política, la persecución y la fractura social.

Pero hay otro elemento que atraviesa la serie y que complejiza la lectura: su dimensión mágica. El realismo mágico, que en la novela funciona como un lenguaje natural, en pantalla implica una decisión estética concreta. Los creadores optan por una representación contenida: las apariciones, los elementos sobrenaturales y la presencia de los espíritus se integran como parte de lo cotidiano, evitando el efecto fantástico evidente. Esa elección busca mantener el tono original sin desplazar la historia hacia el género.

En ese marco, la experiencia de rodaje también se vuelve parte del relato. Un elenco mayoritariamente femenino, jornadas en locaciones aisladas y una convivencia prolongada generaron dinámicas que exceden lo estrictamente técnico. La construcción de vínculos –clave dentro de la ficción– se trasladó también fuera de cámara, reforzando una lógica de trabajo que impacta directamente en la verosimilitud de las relaciones en pantalla.

Así, la entrevista con Hernández no se limita a la construcción de un personaje, sino que abre una pregunta más amplia sobre el presente. Qué implica volver a contar esta historia en 2026, por qué sigue resonando y qué incomodidades activa en una audiencia contemporánea. La respuesta no es cerrada, pero insiste en una idea: los clásicos no sobreviven por inercia, sino porque siguen operando como herramientas para pensar el presente.z

—¿Cuál era tu vínculo con esta historia antes de la serie?

—Ninguno. Había leído a Isabel Allende, pero no La casa de los espíritus. Hice el casting y me leí el libro y me fascinó. Lo leí también como una especie de manifestación, y después, cuando el proyecto ya estaba pasando, lo volví a leer con otros ojos. Ya no había nada que manifestar. Pero sí, ese fue mi vínculo: me fascinó con los personajes, con la historia, con la magia.

—¿Qué encontraste en la historia que te interesara especialmente?

—Hay algo muy conmovedor en la humanidad con la que Isabel construye estos personajes, que son muy complejos y tienen muchas capas. Y también en cómo, a través de los ojos de alguien que no vivió muchas de las cosas de su familia, se reconstruye esa historia. Se trae la memoria al presente para sanar traumas que están profundamente entrelazados con la realidad social y política.

—¿Qué veías como desafío en el personaje?

—Sabía que iba a ser un desafío. Me toca atravesar los años 70 en Chile, los años de la dictadura, que fueron muy violentos y con mucha agitación política. Sabía que eso iba a ser exigente para mí como actriz, tanto emocional como físicamente. Y lo fue. La pasé muy bien, pero fue difícil.

—¿Cómo trabajaste la composición?

—El primer approach fue desde lo vocal, porque somos actores de distintos países: Colombia, México, Argentina, Chile, España. Trabajamos una neutralidad en el acento, algo más cercano a un chileno neutro. También había algo de la clase del personaje, de una chica de clase alta que empieza a involucrarse en la política y la militancia, y ahí se empieza a romper esa estructura. Ese fue el punto de partida. Después vino la investigación, la lectura, las imágenes y el desafío de llevar todo eso al cuerpo.

—¿Hubo algo que te conmovió particularmente?

—Todo. Me sigue pasando. Hay algo en la humanidad del personaje que parece básico, pero que hoy siento que falta. La capacidad de ver a la persona antes que la clase social, antes que la diferencia. Y todas las contradicciones que eso implica. Ese nivel de empatía y compasión me atravesó mucho.

—¿Te apoyaste en algo propio?

—Sí, en mi sensibilidad. Soy una persona muy sensible y muchas veces trato de regular eso en la vida. Acá entendí que era el personaje para desplegar todo eso sin miedo. En situaciones de amor, de violencia, de intimidad, podía usar eso a favor.

—¿Qué te sorprendió del rodaje?

—En el momento todo se vuelve rutina. Lugares muy impactantes pasan a ser parte del día a día. Pero ahora, viendo los capítulos, me sorprende el nivel de producción. Es como redescubrir lo que hicimos.

—¿Cómo fue el trabajo con el elenco?

—Para mí los vínculos son fundamentales. Necesito conectar con mis compañeros y con todo el equipo. En Chile me sentí muy recibida, como en familia. Y eso después se traduce en la pantalla.

—La serie tiene un componente místico. ¿Apareció algo de eso en el rodaje?

—Sí. Éramos muchas mujeres y se generó algo muy especial. Fuera del rodaje íbamos a la montaña, hacíamos meditaciones, tirábamos cartas. Son cosas que pasaban por fuera, pero que estaban muy conectadas con la experiencia de la serie.

—¿Qué implica contar esta historia hoy?

—Es loco porque no fue pensada para este momento, pero resuena mucho. Es profundamente latinoamericana y tiene un eco muy fuerte con el presente. Si genera incomodidad o preguntas, bienvenido sea.

—¿Por qué sigue vigente?

—Porque habla de lo cíclicos que somos. De cómo repetimos patrones. La novela plantea cómo romper esos ciclos y aprender. Y eso sigue pasando hoy.